De Homero a Kirby

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Biografía computeril: 8 bits I (Yo 0)

Advertencia: Algunos de los hechos aquí narrados, ya lo fueron narrados antaño cuando me dedique a hablar sobre las distintas etapas de mi crecimiento, maduración y fermentación.
De cualquier manera, en esta ocasión me centrare tan sólo en los aspectos de mi crecimiento como ente apegado a los bytes y el mundo eléctrico-binario, tratando de alejar de estos textos toda emoción ajena a la que en mi provocaron, provocan y provocarán los entes derivados del silicio.
Una vez dicho esto, vamos al tajo.

Hasta donde me alcanza la memoria, siempre me han gustado las máquinas.
De crío, en Alsasua, era un asiduo del salón recreativo, y me encantaba visitar el almacén de recreativas que tenía el tío de mi amigo Rafita.
La primero maquina infernal que invadió mi casa (en aquella lejana época) fue una consola Atari de esas de los mandos con ruedita, y los juegos hechos con dos barras blancas y un píxel a modo de pelotita. De todas formas, aunque sí que recuerdo el juego, no recuerdo la forma exacta de la consola (lo de que era Atari también lo estoy suponiendo)
Pero aquellos eran otros tiempos, y entre mis hermanos y yo tampoco le dimos demasiado tute a aquel engendro del averno.
Ya en Pamplona, mi relación con la electrónica lúdica se limitó durante un tiempo a visitar los bares, cafeterías, heladerías y demás establecimientos del barrio que dispusieran de una recreativa. La verdad es que, aún a día de hoy, mi relación con el entorno urbano tiende a estar filtrado por la capacidad que tienen los locales para captar mi atención. Los nombres de las calles no se me suelen quedar, pero si logro asociar algún establecimiento que tenga relevancia para mí con los nombres que da el resto del mundo a las calles, plazas o avenidas, seré capaz de llegar hasta los lugares.
Así que, durante mis primeros años en Pamplona, los locales alcoholizantes carecían de nombres. Para mí eran “el del Terra Cresta”, "la del Green Beret" o "el del Commando".

El primero ordenador, merecedor de tal nombre, que visitó mi casa, fue un Commodore 64. Digo visitó porque me parece que no duró más de dos días en ella.
Recuerdo bastante bien aquellas navidades.
Como de costumbre había suspendido bastantes asignaturas. Como de costumbre, iba a tocar bronca en casa. Así que decidí retrasar la bronca, y oculte las notas en un lugar en el que confiaba que no mirase nadie: La funda de una guitarra española que había en mi habitación (la guitarra también estaba dentro, así las notas no se sentirían tan solas) Mentí y me sentí tremendamente culpable (para que voy a querer que me abronquen o castiguen, cuando para eso ya me basto yo solito)
Tras aquella primeriza muestra de ingenio para el mal, fui recompensado (junto a mis hermanos) con la máquina antes mencionada.
Durante un par de horas toda la familia nos dedicamos alternar nuestras miradas entre sus teclas, y el mensaje que aparecía en la tele.
No teníamos ni idea de que hacer. A alguno creo que se le ocurrió mirar el manual de instrucciones, a ver si en aquel texto arcano aparecía algún encantamiento que alterase el estado de la pantalla. Pero nada, aquellas páginas estaban encriptadas en algún código bizarro y meta-intelectual que éramos incapaces de descifrar. Así que terminamos de apagar aquel misterioso y místico artefacto y nuestras vidas (y mi sentimiento de culpa) continuaron con su monótono devenir.

Más ¡NO! Mi padre no se iba a dejar vencer por esa máquina… así que la cambió para tratar de no ser vencido por otra, así a los pocos días teníamos en casa un flamante Spectrum 48k. Era más pequeñito, más negro, y menos que el Commodore en todos los sentidos, pero daba igual, para nosotros era otra creación del maligno. Otro engendro de Belcebú que se negaba a ser doblegado por nuestras rectas y justas ganas de ladear.

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