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Biografía fabuladora IV: Aprendiendo de los héroes

Nací y crecía en un mundo distinto. No, como es obvio, sólo distinto al mundo en el que vivo ahora (sea ahora cuando sea) sino distinto a la de cualquier otro de mis contemporáneos.
Esto no me hace especial. Todos nacemos en mundos propios. Mundos creados alrededor, y como consecuencia, de nuestros entornos, contextos, eventos y reacciones.
A lo largo de los años pasé por distintas fases. Unas calmadas y otras más agitadas, pero a lo largo de todas ellas, siempre había una constante: El miedo siempre me acompañaba allí a donde iba.
No sólo un miedo, sino el temor en toda su extensa variedad de formas e intensidades. Pero tampoco en este era especial. Lo sé.

Era un cobarde. Lo reconozco. Y mi afición a imaginar y fabular no acostumbraba a ayudarme en mi no-lucha contra mis inseguridades y fantasmas personales.
Me daba miedo la oscuridad, me daban miedo los ruidos raros. Me daba miedo estar solo y me daban miedo los extraños. Lógico, hasta cierto punto, pero el punto lógico siempre era rebasado.
Era un acojonado (me repito). Aunque el tiempo verbal es un poco engañoso porque, en el fondo, esto es algo que no se cura. Pero ya que estoy hablando sobre mi pasado, lo dejaremos así.

Tenía que encender la luz del pasillo antes de salir de mi habitación, palpando a ciegas con mi mano la pared hasta alcanzar el interruptor, sin atreverme siquiera a asomar la cabeza.
Por mucho que en mi mente salvase universos y fuera capaz de derrotar ejércitos de monstruos, era incapaz de controlar a mi cuerpo y lograr que le obedeciera en según que situaciones. La emoción primaria dominaba sobre la lógica, por mucho que mi parte lógica fuese perfectamente consciente de que aquello no tenía ningún sentido.

Y llegó la crisis. Una crisis gorda, de esas que te marcan de manera indeleble para el resto de tu vida.
Tenía catorce años cuando me diagnosticaron reuma. Inflamación de la ilíaca, dijeron los doctores. A mi el nombre me daba igual, no solo no podía levantarme de la cama, sino que ni siquiera podía doblarme y mi mente seguía igual de activa que siempre. Mala combinación.
Pasaba muchas horas en casa solo, y las casas tienen esa mala costumbre de emitir sonidos extraños constantemente. Sonidos que, por lo general, tapa la actividad diaria de sus habitantes, pero que se hacen terriblemente presentes cuando te acompaña el silencio.
Y yo estaba solo (me repito de nuevo) mientras mi mente...

Por un lado tenía “LA” pregunta: ¿Volvería a levantarme de aquella cama? La cosa no era para tanto, al final fueron tres meses, pero la pregunta era formulada cada pocos minutos.
Por otro lado... tenía los sonidos ¡¡¡QUE OS CALLÉIS DE UNA VEZ!!! y la oscuridad.
Para terminar, mi imaginación rellenaba los huecos de manera creativa. Sucia traidora.
Confío en que haya quedado ya claro. No incidiré de nuevo en ello.

La lógica me dictaba el camino a seguir, pero lo decía a un volumen tan bajo que apenas podía escucharla. Los personajes que conjuraba mi imaginario no eran amistosos, no había nadie a quien acudir. Ya era mayor, no podía admitir mis miedos ante mis padres.
No podía confiar en mi mente, incapaz como era de controlar los impulsos enviados por el resto del cuerpo, o por oscuras partes de si misma.
¿Qué hacer, atrapado como estaba en un mundo que no había creado?
Sólo había una salida posible. Una única y leve luz que lograba atravesar las densas nubes de la desesperación.
No tenía tele en mi cuarto y, sin tele, tampoco había ordenador. Los libros que tenía a mi alrededor me recordaban demasiado a los del colegio, algo que no echaba de menos. Mi vía de escape eran los tebeos. Más concretamente “UN” tebeo. “EL” tebeo. Crisis en tierras infinitas.
¿Acaso había un título con el que pudiera identificarme más?
Mundos morirían, mundos vivirían, y mi universo nunca volvería a ser el mismo.
Un tebeo repleto de personajes amenazados por un enemigo imbatible. Un tebeo en color, pero con unos valores morales en blanco y negro.
Los personajes tenían miedo, tenían dudas y se equivocaban. Sus amigos morían ante sus ojos pero...
¿Qué hacían?
Seguían luchando.
¿Por qué lo hacían?
Porque era lo correcto. No lo que querían, no lo que les convenía. Era lo correcto. Punto.
Y aquello estaba bien.

Por supuesto había otros tebeos. Es más, en aquellos tiempos comenzaba a proliferar otro tipo de tebeo. Era de súper (vale) “héroes” (por ahí no paso), pero con personajes y tramas más “serias” o “adultas”. Tipos sombríos y taciturnos que se movían en un mundos “muy parecido al nuestro”. Que tenían reacciones “realistas”.
Tonterías. Yo no necesitaba nada de aquello.

No me servía tampoco la línea intermedia. Las historietas de la gente que, como Claremont, pretendían ser más “complejos” o “grises”. De “héroes” que no hacían cosas... porque sería actuar igual que aquellos contra los que luchaban. Tonterías también. Aquello no era gris, sino lo más simplista del mundo. La superioridad moral a través de la oposición no me parecía válida. Tenía que haber algo más, una razón verdadera y meditada más allá de la mera reacción.

Debía trazar una línea en las arenas de mi mente. Una línea a cruzar entre quien era y quien quería ser. Un punto de equilibrio entre mis yoes emocional, racional y moral.
No me servía la lógica pura. La lógica aplicada a uno mismo fomenta el egoísmo. Sin un contexto moral me llevaría hacia una dirección en la que no quería ir.
Tampoco podía evitar la emoción. Ignorar el miedo, el deseo o el dolor es un error. No puedes ignorarlos, sólo engañarte fingiendo que no están ahí, pero siempre van a ser una parte de la ecuación final. Actuar por simple oposición ante ellos tampoco sirve. Muchas veces son necesarios. Señales de algo que no podemos o queremos percibir.

No fue un proceso sencillo, ni rápido, ni puedo decir que, a día de hoy, se haya completado, pero sí que puedo afirmar que ha marcado la manera en la afronto la creación y evolución de mis personajes.
Al principio no fue nada intencionado o consciente pero, con el tiempo, sí que vi un patrón en muchos de ellos. No siempre tenían porque ser los protagonistas, pero aquellos a los que acababa tomando más cariño, siempre compartían una serie de características comunes, más allá de ser lacónicos, trágicos... y aquellos a los que peor se lo hacía pasar.

Hay quien cita como su máxima inspiración o su piedra de toque a filósofos o pensadores. A sesudas obras y estudios eruditos. Bien por ellos.
Yo declaro Crisis en tierras infinitas como mi piedra de toque, y a Marv Wolfman como el hombre que cambió mi vida. No tendrán tanto glamour, pero eso no les resta un ápice de su valor. Llegaron cuando más los necesitaba, y mi universo nunca volvió a ser el mismo.

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