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Biografía fabuladora II: La segunda musa

Si el primer impacto inspirador los había recibido de las ondas catódicas de La Primera y Gran “T”, la segunda oleada de efluvios creadores no tardaría mucho tiempo en llegar. En el fondo, aquella forma de entretenimiento la había conocido desde siempre, aunque en una versión híbrida.
Pero mis padres cometieron un error: Me hicieron ir a la escuela, obligándome a aprender a leer (lo de la escritura tardaría un poco más) A partir de aquel momento pasaron a ser prescindibles. Ya no me hacían falta para comprender a La Segunda (no por importancia pero sí por orden cronológico) y Gran “T”: Los Tebeos.

Y tenía de todo.
Al principio casi todo eran tebeos heredados de mi padre y mis tíos como los cuadernillos de Hazañas bélicas, El Aguilucho o el Guerrero del Antifaz. Revistas humorísticas como TBO, Jaimito, Pulgarcito o Pumby y, por supuesto, Mortadelo y Filemón y demás series de Ibáñez (no recuerdo si en aquella época había que tomar bando por uno o por otro, pero Escobar nunca llegó a despertar mis simpatías como sí que haría con alguno de mis hermanos)
Recuerdo recorrer el desván de casa de mis abuelos (superando mi pánico a la oscuridad) buscando una y otra vez en cajones, armarios y arcones alguna revista que no hubiese leído, o que se me hubiese escapado en las pesquisas anteriores.
Pero sobre los recuerdos de todas aquellas historias, se imponen las de los tebeos de ciencia ficción y superhéroes. Recuerdo de un tebeo (supongo que de los cincuenta) en el que absolutamente cualquier cacharro tecnológico (ya fuese desde la cafetera al coche) contenía la palabra “atómico” en su descripción. Recuerdos de los clásicos de Vértice. Del Ojo Mágico de Kelly o Zarpa de acero. Recuerdos de un tomazo inmenso del Superman de los cincuenta (cuya edición no he logrado encontrar de nuevo) que releí cientos de veces. Aquello permanecería así hasta el fatídico momento (para mí y para el bolsillo de mi padre) en el que descubrí que había “otros lugares” donde se podían buscar tebeos. Que no llegaban y aparecían “porque sí” en aquellos muebles en los que los encontraba.

Los domingos que estábamos en Araia (el pueblo de mi padre) tocaba ir a misa con los abuelos (que remedio). Como recompensa por aquel mal trago (o así me lo tomaba yo), a la salida, nos dejaban ir a la tienda que había junto a la iglesia a comprar alguna chuchería, globo o (si conseguíamos que colase) algún petardo.
El recuerdo de aquel local se me hace difuso. Lo cierto es que casi todo lo perteneciente a, ajeno a la casa de mis abuelos, se me hace un tanto irreal, una especie de mezcla extraña entre el realismo mágico, lo onírico y lo mítico (así que tampoco te fíes demasiado de la descripción)
Tras adentrarte en un pequeño callejón subías unos pocos peldaños de piedra y te recibía una puerta de madera vieja que en nada se diferenciaba de la de las casas que la rodeaban. Un poco más allá, un ventanuco que siempre estaba entrecerrado, y por el que apenas entraba la luz suficiente para iluminar el interior.
Una vez dentro, un mostrador, también de madera vieja recorrida por desconchones en la pintura y astillas. Tras aquel mostrador y entre la penumbra... alguien (porque digo yo que habría alguien vendiendo y cobrando) una persona sin rostro ni voz (ya te he dicho que no te fíes mucho de la descripción) cuyo dedo extendido se dirigía hacia los objetos que le pedíamos. Mis hermanos pidieron lo de costumbre “unos globos... y cromos... y ¿qué hay en esa balda?” mientras tanto, yo me dirigí hacia un lugar en el que nunca me había fijado antes. Amontonados sobre una mesa, entre las tinieblas más allá del mostrador, podía ver revistas, periódicos y... lo que parecían ser... tebeos.
Me acerqué tratando de llegar donde nadie había llegado antes, cuando una voz me detuvo.
- ¿Donde crees que vas? - vaya, parece que sí que tenía voz al fin y al cabo.
- Sólo – dije tartamudeando atemorizado – Sólo quiero ver lo que hay ahí.
- Tranquilo, ya te lo acerco.
Sus manos huesudas agarraron parte del el fajo de papeles y los movieron hasta un lugar al que pudiese llegar. No había terminado aún de depositarlos cuando ya empecé a revolver entre ellos, en aquel momento era un hombre en una misión. Una misión de sagrada.
Cotilleo, cotilleo, periódico, deportes, más cotilleo ¿Por qué hay tanto cotilla en el mundo?. No, no, no, no, maldición. Tiene que estar. Estoy seguro de que lo he visto, me ha llamado, tiene qu... ¡¡¡SÍ!!!
¡¡¡Había encontrado mi El Dorado, mi misión en la vida!!! (hasta que las editoriales me la arrebataron) ¡¡¡Ya sabía de donde venían los tebeos!!! ¿Puede haber un descubrimiento más maravilloso?
Entonces grité. Grité como no había gritado antes. De mis labios surgieron unas palabras que repetirían a menudo:
- ¡Aitá ¿Me compras esto?!

Que sí, que fue así. Bueno, más o menos, igual no sucedió “exactamente” así, pero ya me entiendes.

Pero me estoy desviando un pelín.
La tele estaba bien. Los tebeos viejos estaban bien. Pero aquello lo cambiaba todo. Descubría que las historias no tenían por qué acabar en cada número. Que Rom, el Caballero del espacio, conocía a unos tipos raros con una X en su nombre. Que un tipo bueno, llamado Capitán América, se podía aliar con otro tipo malo, llamado Doctor Muerte, para luchar contra otro tipo aún peor llamado Cráneo Rojo (también había un elfo en calzoncillos, llamado Namor, que quería que limpiasen los ríos, o algo así, pero aquello no me interesaba demasiado). Asistí al nacimiento del Vastago de los cuatro fantásticos y a la lucha de los Vengadores contra un robot gigante llamado Rojo Ronin (¿no tendía que llamarse al revés?) y al Motorista fantasma luchar contra un tipo que tenía un casco en forma de ojo.
Aprendí a continuar todas aquellas historias inconclusas en mi cabeza, mientras esperaba que “mágicamente” en alguna tienda apareciera ese número que concluía la historia que empecé a leer meses atrás. Pero nunca era así. Yo decía “¿Me puedes traer el siguiente a éste?” y mi padre compraba otro tebeo (eso sí, de superhéroes) que me dejaba con otra historia que continuar en mi cabeza.
Nació en mí el ansia. La ilusión que tanto echo de menos por el “¿que ha pasado después?” La búsqueda por kioskos, librerías, estancos y todo local en el que viese asomar una hoja de papel, de material con el que alimentar mi imaginación.

Comentarios

Cierto! Qué difícil ser niño y tratar de leer las historias "completas". Aunque, por otra parte, parecía casi natural no saber todo lo que había ocurrido antes ni lo que ocurriría después.

Algunos años después, encontré ediciones para coleccionista de la revista mortadelo (1984 y 1985 los tengo casi enteros) y había muchas historias que tenían así algo de sentido. De superhéroes leí poco. A lo sumo de Transformers o de G.I.Joe... Pero descubrí pronto a Michael Ende... ;)

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