De Homero a Kirby

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Biografía fabuladora V: La tercera musa

Los juegos de tablero o azar, los deportes u otro tipo de actividades competitivas, nunca me han atraído. Ganar, perder o, simplemente, participar en ese tipo de entretenimientos nunca me ha aportado nada... más allá de disfrutar de la compañía de quienes se hayan conmigo. El problema suele ser que esas personas tienden a estar más pendientes de “ganar” que de pasar un buen rato charlando o haciendo ejercicio. Ni quiero, ni pretendo ni me importa ser mejor que otros, sólo aspiro a ser “mejor” (con todas las comillas del mundo) de lo que era hace un rato.
En este tipo de actividades siempre me he encontrado con la sensación de andar persiguiendo unos objetivos pensados por y para otros. Unos objetivos que no me importan lo más mínimo.

Bajo este prisma, supongo que tiene sentido que, ya desde muy temprana edad, los juegos electrónicos fuesen uno de mis entretenimientos favoritos. Pese a esto, en la practica del muy noble y lúdico arte de machacar botones, tampoco he encontrado un juego, ya sea de ordenador, consola o recreativa,cuya finalización haya ansiado con desmesura. Para mi, la parte lúdica del entretenimiento electrónico siempre se ha reducido a una cuestión de reflejos, coordinación, concentración y adrenalina. Ver hasta donde soy capaz de llegar y, quizás, llegar un poco más lejos en la siguiente partida. Esto no quiere decir que sea bueno jugando, pero esa es ya otra historia.

Pero aquí he venido a hablar de mi libro, para mis desbarres electrónicos tenéis la sección de aquí al lado.

Saco a colación el tema de los juegos, ya sea en la vertiente electrónica como social, por otra razón más afín a esta sección de mis textos; Historias, personajes e implicación personal.
Más concretamente la falta de estos elementos en la forma adecuada como para impactarme a un nivel diferente al del puro acto reflejo. No he encontrado nunca un juego de las categorías anteriormente mencionados cuyos personajes o historias hayan llegado a engancharme a un nivel emocional, ya sea este miedo, tristeza o alegría.
Tebeos sí, libros sí, películas sí, juegos no... hasta que conocí los juegos de rol.

Pero tampoco voy a hablaros aquí sobre mi experiencia con los juegos de rol, para eso tengo esta otra columna de aquí al lado. Según escribo estas palabras, aún está bastante vacía, pero quería llegar a este punto para comenzar también con ella en condiciones. Hay quien dice que, si tienes un bloqueo con una parte de tu relato, pases a otra posterior que tengas más clara. Ellos quizás puedan, lo que es yo, soy incapaz de hacerlo.

En mi caso ambas historias están muy relacionadas. Sin el rol dudo que hubiese sido capaz de escribir historias. De plantearme cómo deben ser sus estructuras o crear algo más complejo que meras anécdotas. Podríamos decir que mi historia como juntaletras no comenzó hasta descubrir el rol con quince años.
Sí, antes de aquello había escrito algún relato como trabajo para el colegio. Pensando en ellos me doy cuenta de que mis tics personales ya estaban presentes, y me gustaría tenerlos a mano para comprobar si mi recuerdo es fiel, o ha sido corrompido por el paso del tiempo, y adaptado a lo que quiero creer. Lamentablemente, no es así.

Pero tampoco fue este un salto directo. Como con todo, el proceso fue lento y, en gran medida, inconsciente. Mis primeras historias no dejaban de ser lo que comentaba antes; anécdotas. Podían estar más o menos estiradas, pero carecían de continuidad, estructura o contexto. De un pasado, una historia “real”, que hubiera llevado llevado a los personajes hasta allí, o un ¿qué pasará después con ellos?. De un ¿de dónde vienen y hacia dónde se dirigen?

Hasta que no comencé con mi propia “criatura”. Hasta que no empecé “en serio” con Daegon gran parte de las preguntas necesarias para la creación de historias complejas no se habían formulado en mi cabeza. La necesidad de ahondar en las imágenes que habitaban en mi imaginación, de estructurarlas para que pasaran de ese estado al de ideas concretas, de tratar de convertirlas en historias coherentes, siempre había estado ausente.
Antes de aquello, todo lo referente a las palabras, las diversas maneras en las que se podían utilizar para crear y transmitir ideas, lo dejaba para la comunicación verbal (a la que tampoco daba demasiado uso)
Después de aquello, la creación compartida de historias que es el rol ocupó mi creatividad durante más de una década. Hubo algún tímido intento por mi parte de crear plasmar aquellas historias por escrito, pero era muy vago, demasiado inseguro y inconstante como para dedicarle el esfuerzo necesario.
Lo único que quedaba plasmado era el trasfondo de “mi mundo”. Pero tampoco era mi voz la que guiaba aquellos escritos. Copiaba los estilos de lo último que había escrito y me había impactado, para generar contenido que se adaptaba a aquellos estilos. Tolkien, aunque más Christopher que J.R.R. ¡¡¡HEREJÍA, HEREJÍA, PENITENCIAGITE!!!, Brust, Moorock, Burroughs no es que guiasen mis manos por el teclado, pero (al menos para mi) se veían dolorosamente presentes en mi... ejem... prosa.. o al menos intento de ella.

Tendría que pasar mucho tiempo antes de que empezase a crear historias realmente mías sin la ayuda de mis jugadores. Antes de... El ermitaño.

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