De Homero a Kirby

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Biografía rolera XXVII: Malos tiempos

El rol me trajo hasta una gran parte de quienes hoy en día considero mis amigos, pero no todas mis experiencias en lo relacionado con este mundo fueron idílicas. Ni siquiera todas relacionadas con mis amigos.

Porque somos distintos, ¿qué le vamos a hacer?

Por una razón que aún desconozco (aunque sospecho que por trolleo antes de que existiese esta palabra), en una de las votaciones para la junta directiva, y sin haberme presentado para nada, recibí un voto. Un que me convirtió en uno de los vocales de aquella junta.
Aquello no duró mucho.

A las pocas reuniones, y cuando entendí que la junta se limitaba a aprobar las propuestas que había sin discutirlas, renuncié.
No recuerdo cuál fue el detalle concreto que me llevó a tomar aquella decisión, sólo una sensación global de disconformidad por el fondo y la forma de todo aquello.

No mucho después de aquello me di de baja como socio del club como consecuencia de otra de las decisiones de la junta. Una decisión que no me afectaba en demasía pero que, por coherencia propia (y grandes dosis de cabezonería), hizo que no sólo me diese de baja sino que también dejase de ir.

No dejé de jugar o de dirigir, pero desde aquel momento el negocio familiar se convirtió en la sede de aquellas aventuras también los sábados.

La razón para mi abandono fue una de esas crisis cíclicas, el sempiterno dilema acerca del uso del “armario” y su contenido. Un contenido que no sólo no había usado nunca, sino al que también había donado material que tenía claro que no iba a usar.

De acuerdo al modo de funcionamiento del club, una gran parte de las ¿300? pesetas mensuales que era la cuota que pagaban los socios estaba destinado alimentar aquel armario. Así pues, sólo un socio podía sacar material del armario para su uso.

Pero había grupos de juego que abusaban de aquello. Grupos en los que sólo uno de ellos se hacía socio para poder sacar aquel material y que jugasen todos ellos. Aquello no era un problema siempre que jugasen fuera de la casa de la juventud, pero no contentos con aquello, también acostumbraban a ocupar las mesas de nuestra sala sesión tras sesión.

El objetivo del club era fomentar la práctica del rol, por lo que aquello, al menos desde un punto de vista técnico, no salía de aquel ámbito pero, al mismo tiempo, aquella gente nos estaba tomando el pelo por ahorrarse la escuálida cuota.
No era gente que estuviese dando sus primeros pasos, no era gente que necesitase de apoyo o guía. Se limitaban a acaparar el material y los recursos del club impidiendo con esto que pudiesen ser utilizados por otras personas que sí que estaban pagando aquel dinero mes a mes.

La junta votó, y aquello pasó a ser una práctica aceptada, así que yo me bajé del barco siendo quizás el que menos afectado se veía de los presentes.

Y esto no deja de ser uno de esos granos de arena de los que hacemos montañas. Nimiedades que escalan hasta convertirse en acalorados debates. Pero el tiempo lo pone todo en su lugar.

Con el paso de los años, aquello pasó a ser del todo irrelevante. No sólo la gente ya era mayor para ocupar “La casa de la juventud”, sino que también comenzaron a tener trabajos. La sala quedó desierta y el armario dejó de ser “el tesoro” de muchos. En la que quizás fue la última decisión de verdad de la junta, se decidió abolir las cuotas y hacer a la gente socia a perpetuidad.
A los que nos habíamos ido se nos ofreció volver a ser socios pagando una “cuota de reenganche”. Y volví.

Porque, en el fondo, nunca había dejado de ser “del club”.

Pero aquello no dejó de ser un espejismo.

Mientras quedase un socio “joven” que pudiese reservar la sala, esta se fue renovando. Cuando la gente que quedaba en aquella sala éramos pocos, en contra de lo que decían los demás, yo me empeñé en volver a realizar las partidas allí los sábados.
Para aquel entonces el horario de apertura ya había menguado mucho. De las once de la noche a la que cerraba durante los primeros años pasó a cerrar a las nueve.

Con aquello apenas daba para terminar las sesiones de juego, y las campañas pasaron a alargarse aún más. La gente buscó otros locales en los que juntarse mientra yo me empecinaba en fingir que aquello podía ser salvado de alguna manera.

Y el club no murió, pero le pasó algo peor. La gente se olvidó de él.

Ahora cuando su nombre es mentado rara vez es con cariño o añoranza. Lo que lo mantiene vivo es la incapacidad de la gente para decidirse a matarlo. Una incapacidad que viene dada por el que fue considerado su mayor valor.
Sí, el material del armario y la decisión acerca de qué hacer con él.

Siempre que se menciona todo el mundo tiene la solución perfecta para que la lleve a cabo otro.

Como la vida.
Como el mundo.
Microcosmos a escala de lo mejor y lo peor que podemos ofrecer.

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