De Homero a Kirby

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Tékumel III: Historia del mundo II

Masacre e Imperio
Las Dinastías Bednálljan

El primer imperio comenzaría con la batida de una banda de nómadas de los desiertos de la Bahía Seca de Ssu'úm en fértiles tierras del sur. Pese a tratarse de un hecho bastante común, en esta ocasión había algo distinto: En esta caravana viajaba una niña de 13 años. Según algunos historiadores se trataba de la hija de uno de los jefes del clan, según otros sólo una esclava. Con el tiempo, los nómadas entrarían en la gran Purdánim, una metrópoli hay ya desaparecido, pero que se cree se encontraba bajo la llanura oriental de la moderna Usenánu. Allí, la niña salvaje del desierto terminar por convertirse en cortesana. Pasando de mano en mano como un precioso juguete, hasta alcanzar la posición de Primera Concubina y, más tarde, Esposa-Jefe del Jefe del Clan de Purdánim.
Pero aquello no fue suficiente para ella. Así que durante cinco años se dedicó a extender sus raíces, hasta que el precioso juguete se hizo con el poder absoluto. Para lograr esto, no dudaría en utilizar y eliminaría a aquellos que antes la habían utilizado (oficiales, sacerdotes, generales y eunucos) dejando para el final el sacrificio de su esposo, encerrándolo, solo y desnudo en el santuario de la diosa del Pálido Hueso. Sellado en los laberintos bajo Jakálla.

Serían suficientes siete años para transformar a Nayári, la niña cortesana, en la reina Nayári de los sedosos muslos, señora real de Purdánim, Jakálla y la Miríada de Ciudades Enjoyada del Sur. Hermosa y cruel, que todas sus armas (la intriga, la guerra, el veneno, la hechicería, la daga, y las delicias de su cuerpo) con una habilidad consumada. Una sucesión de alianzas (e “inesperadas” muertes de esposos) le otorgarían el control de Fasíltum en el noreste, Tumíssa en el oeste, y Sokátis en el este. Fusionando las milicias de sus ciudades-estado en una sola fuerza, crearía el molde en el que se basarían los ejércitos modernos.

En otros tres años más, las tropas de Nayári habían conquistado a los últimos vástagos del imperio de los Guerreros Dragón: Los príncipes de Mu’ugalavyá. Otros pequeños ejércitos se desplegaron por toda la costa de Yán Kór, hasta lo que hoy en día se encuentra Dháru. En un años más las legiones de Nayári vagarían desde las estrechas calles de Khúm y Koylúga en Salarvyá hasta el lejano sudeste. En Tsatsayágga, los sonrientes cortesanos mostrarían a los generales el cuerpo sin vida del quincuagésimo quinto descendiente de Gámulu, sentado en el Trono de Ébano, empalado con un centenar de finos estiletes. Como recompensa, se les prometería “un océano de tesoros” y todos ellos serían arrojados al mar desde las murallas.

Cuando Fasíltum se rebeló, Nayári paso por el garrote a diez mil de sus habitantes. Su capital de Purdánim se alzó contra ella instigada por ciertos nobles de la antigua dinastía, y ella erigió una montaña de cráneos la gran plaza. Incluso en la actualidad, se denomina a las grandes masacres como “la colina de Nayári” y su nombre se utiliza para amedrentar a los niños a lo largo de los cinco imperios.

Mapa de Tékumel

El Primer Imperio

Nayári perecería por sus propios métodos, asesinada por el beso de los labios envenenados de uno de sus jóvenes amantes. Sus hijos guerrearían brevemente, hasta que Ssirandár I, aquel que había tenido con el asesinado señor de Tumíssa ascendiese al trono. Tras hacer esto renunciaría a la crueldad y los métodos de su madre, y dedicaría los siguientes cicuenta años construyendo y unificando. A él se le atribuiría la construcción del sistema de carreteas de Sákbe, la red de autopistas poderosamente fortificadas que se extiende a lo largo del continente. Quizás perseguido por los espectros de su horrendo pasado, cambiaría la capital a Jakálla. Purdánim se convertiría en “la Ciudad Antigua” y fue desmoronándose durante medio milenio una vez que de allí la corte y todos sus funcionarios. No se conservan registros sobre ella más allá de los que recopilase viajeo-erudito Turshánmu, durante el décimo segundo año de Ssirandár IX

Utékh Mssá, uno de los nietos de Ssirandár I, volvería a cambiar el emplazamiento de la capital un siglo después de la muerte de Nayári. Esta nueva ciudad se creó con la itención de ser la manifestación terrenal de los sueños de los hombres; Una utopía y un monumento para las eras que vendrían. Para crearla se utilizarían los tributos y los saqueos de un centenar de ciudades y su construcción se prolongaría durante más de un siglo. Esta sería Béy Sü, cuyo nombre significaba “Alma del mundo” en la lengua de los Bednálljan.

El esplendor del Primer imperio perduraría durante tres mil años. Por el pasarían buenos y malos reyes, conquistadores y cobardes, sabios y estúpidos, pero no se interpuso en su camino ningún rival capaz de representar una amenaza, así que las estructuras militares y administrativas que forjasen Nayári y sus descendientes sobrevivirían a cualquier intento de acabar con ellos. Se comenzaría el comercio con las naciones independientes de Livyánu y Salarvyá. Misioneros se dirigirían hacia el noroeste desconocido. Por primera vez los hombres escucharían los nombres de Jánnu, Mihállu, Nuru'ún y otras naciones.

También, por primera vez en milenios, es aislamiento de los enclaves no-humanos se rompería. Se comenzaría una breve guerra con los Shén pero, muy pronto, ya habría mercenarios de esta especie combatiendo en los ejércitos de los Bednálljan, y los comerciantes humanos habitarían en la alienígena Ssorvá. Los hombres se acostumbrarían a los Ahoggyá, Pé Choi, Pachi Léi, Pygmy Folk y los Tinalíya. Los hostiles Shunned Ones permanecerían apartados en sus ciudades y los Hlutrgú no se moverían de sus pantanos y los Hlüs y los Ssú procrearon, odiaron y esperaron.

De haber dispuesto de ciertos materiales para ser trabajados, principalmente acero y haber dependido menos de la “magia” de los planos del más allá, quizás Tékumel habría comenzado la larga ascensión por la ladera de la tecnología. Pero la certeza de la existencia de los “dioses” y su inmanencia sobre los asuntos de la humanidad, ahogaron curiosidad intelectual y obstaculizaron el pensamiento filosófico que podría haberles llevado a un nuevo renacimiento y edad de la razón. Las sociedades del planeta crecieron aún más formalizadas, estructuradas y conservadoras bajo el boato de la gloria imperial y el peso de la tradición arcaica.

Éngsvan hlá Gánga
El reino de los dioses

El primer imperio sería barrido por un pobre y tullido sacerdote de mediana edad de la isla de Gánga, en el golfo sur de Jakálla, un irrelevante remanso. El sacerdote, de nombre Pavár, originariamente devoto de Ksárul, durante una de sus meditaciones entraría en contacto con otra raza de “dioses”, alterando de esta manera el curso de la historia.

Los “dioses” invocados por Pavár serían los señores de la estabilidad. Primero llegaría el amable Thúmis; después el mismísimo Hnálla, el principio supero de la estabilidad. Más adelante llegarían Avánthe, el dorado Belkhánu, señor de la excelente muerte y, finalmente, Karakán, señor de los héroes. Un flujo de conocimiento fue vertido sobre aquel insignificante sacerdote: Información concerniente a los dos “alineamientos” y sus panteones, servidores y cohortes de estos nuevos señores de la estabilidad. La topoligía de muchos planos y los secretos de la vida más allá de la muerte. Todo esto lo escribiría Pavár con su caligrafía.Uno de los Shunned ones
Los pergaminos de Pavár

Los pergaminos de Pavár describían a los Tlomitlányal, los cinco señores de la estabilidad y los Tlokiriqáluyal, los cinco señores del cambio. Pese a ser consciente de que estos seres eran poderosas entidades más allá del nivel de existencia de la humanidad, también constató que, a efectos prácticos, se les podía considerar como “dioses” ya que el hombre es demasiado limitado y transitorio como para sus vastos objetivos. Pavár enunció como cada uno de estos “dioses” debía de ser servido y como la vida debe ser vivida (por desgracia, los pergaminos también pusieron fin a la certidumbre del hombre de que era el ser mas elevado de la creación, la “razón quintaesencial para el todo” y, cortando de raíz los intentos del hombre para analizar el universo)

Las doctrinas de Pavár comenzaron su expansión a lo largo y ancho del imperio aún con este en vida, tocando los corazones de las gentes sencillas. Los peregrinos llegaron para arrodillarse a los pies del sacerdote tullido y, con el tiempo, una ciudad surgió en su isla que, en el momento de su muerte ya se había convertido en una gran megalópolis. Pese a esto, él sería enterrado junto a su humilde hogar. Se erigieron templos a los nuevos dioses de Pavár y surgirían misioneros que promoverían las doctrinas de la estabilidad con el celo de los nuevos conversos.

Los sacerdotes de las viejas fes se ofendieron, y los reyes enviaron soldados e inquisidores. En las tierras que actualmente ocupa Tsolyánu algunas regiones abandonaron a los señores del cambio casi de inmediato, mientras otros se adherieron a sus deidades familiares. En el extranjero, los Livyánise aferraron a sus dioses sombríos. La gente de Mu’ugalavyá se encontraban demasiado introducidos en las doctrinas de Vimhúla como para cambiar. La elite Mu’ugalavyáni, por otro lado, evolucionaría hacía otro culto; el culto a Hrsh, ya se tratase de otro “dios” o de una amalgama de Ksárul y Vimúhla o, quizás, uno de los señores de la estabilidad ataviado con las vestimentas del cambio. Los Salarvyáni, a su vez, produjeron una amalgama de Avánthe y Dlamélish a quien llamaron Shiringgáyi. Naciones más pequeñas tampoco escaparon de esta convulsión religiosa e incluso los enclaves no humanos se verían afectados.

Eventualmente, los fanáticos se convertirían en obesos burócratas sacerdotales y los templos de la estabilidad se alzaron junto a los del cambio. Por supuesto, ciertas deidades aún dominaban algunas áreas pero, en interés de la paz la mayoría de las sectas (incluso aquellas situadas en tierras lejanas) accedieron al gran concordato de los templos. Este prohibiría cualquier hostilidad religiosa pública; y, lentamente, la sociedad fue reconducida bajo control.

Para el tercer siglo después de la muerte de Pavár, el poder secular comenzó a abandonar de los debilitados reyes de Béy Sü a los hierofantes de sus islas de Gánga. En el noveno siglo, el último monarca de los Bednálljan abandonaría la ruinosa capital para asentarse en las islas al norte de Yán Kór. La capital de los reyes sacerdotes desplazó de Béy Sü a la isla de Pavár y así se establecería Éngsvan hla Gánga: “El reino de los dioses”.

Los reyes sacerdotes.

Éngsvan hla Gánga perduró mas de un milenio. La exploración y conquista de la mayoría del gran continente sería completada. Livyánu capituló y se convirtió en una prefectura, pese a que aún continuaba fiel a sus dioses sombríos. El legado Engsvanyáli asentaría sus cortes en Dlu’nír en la isla de Tsoléi, en la húmeda Gorulú en Háida Pakála, en la fría Nenu’ú en la tierra salvaje de Nuru’ún y en la tempestuosa Ai’ís en las islas Farisé. De los no humanos amistosas sólo los Shén mantuvieron su independencia mientras las razas hostiles fueron arrastradas de nuevo a reservas.

En este periodo se produciría en mayor florecimiento de la cultura desde los tiempos anteriores al tiempo de la oscuridad. Arte, arquitectura, música, literatura, ciencia y un centenar de artesanías más prosperaron poderosamente. Los asuntos sociales y económicos también prosperarían. Las carreteras de Sákbe se surcaron a lo largo del continente alimentando el comercio entre naciones. Los ejércitos evolucionaron, primero en guarniciones estáticas y después en fuerzas policiales glorificadas. Los impuestos se regularizaron, los diezmos de los templos se restringieron, los comerciantes se protegieron y las leyes se establecieron.

De cualquier manera, debe ser recordado que los reyes sacerdotes fueron teócratas; su mandato se basó en el poder de los templos y las espadas de sus ejercitos. Aquellos que se opusieron a sus leyes serían ejecutados o reubicados. Los pozos de Tólek Kána, la terrible prisión construido por el emperador Bednálljan Báshdis Mssá I al sur de Béy Sü, sería reformada y ampliada; ejercitos de esclavos trabajaron para construir las carretaras de Sákbe y excavaron el peñón montañoso que más adelante sería el palacio fortaleza de Avanthár, la capital de la moderna Tsolyánu. Los poderes religioso y secular se combinaron en uno sólo y era extraño encontrar a alguien que tratase de nadar contra corriente. La sociedad fluyó como un ancho y soñoliento río.

La puesta del sol
El fin de Éngsvan hlá Gánga

Éngsvan hla Gánga desapareció súbitamente (las razones nunca han sido totalmente descubiertas, aunque se sabe con certeza que una vasta convulsión seísmica fue parte de la causa) La sección occidental de la isla de Pavár se alzó y la oriental se hundió bajo las olas, arrastrando a la metrópoli de los reyes sacerdotes y las glorias que en ella se hallaban. Al mismo tiempo, la superficie del mar interior de Yán Kór se elevó, esparciendo sus aguas hacia el norte hasta sumergir las islas costeras y hacia el sur, golpeando la cordillera de Thénu Thendráya. En poco tiempo, las tierras altas se secaron y, en la actualidad, hay ocasiones en las que las arenas del Desierto de los Suspiros se abren para las derruidas ruinas de las ciudades Engsvanyáli. Las Montañas Volcánicas de los dominios Shén entraron en erupción, enterrando la región bajo cenizas volcánicas y, en el pico dentado de Dríchte en el éste la “Bruja de la llama” descargó su furia sobre las zonas boscosas de Nuru’ún y las Planicies de Cristal. Un nuevo continente emergió como un leviatán del sur de Ssórmu, para permanecer allí durante un siglo y volver a hundirse de nuevo. El único recuerdo que queda de aquel continente son las rocas que forman los Arrecifes agua blanca. Cientos de cataclismos menores también afectarían a otras localizaciones.

Ninguna región logró escapar de las consecuencias políticas, económicas y psicológicas del desastre. El comercio vaciló, los cultivos se arruinaron, las carreteras de Sákbe se deteriorarno y las ciudades se vaciaron cuando los refugiados buscaron tierras más seguras. Toda unidad de propósito y espíritu se hundieron. Las lealtades y odios locales, largo tiempo reprimidos resurgieron para dividir a la humanidad y la guerra renació. Las provincias lucharon contra las provincia, las ciudades contra las ciudades y los devotos de la estabilidad contra los del cambio. Todas las antiguas enfermedades que habían asolado Tékumel regresaron cuando el sol se puso sobre Éngsvan hla Gánga. Los Ssú y los Hlüss realizaron rabiosas incursiones en las regiones humanas, los Hlutrgú se conquistaron gran parte de Kájja y las costas de la bahía de Msúmtel. Incluso las razas amistosas aprovecharon la oportunidad para expandir sus dominios. Tan solo dos siglos después de estos salvajes ataques, el cadáver del Reino de los dioses fue desbaratado por cientos de saqueadores y una nueva era de la oscuridad se esparció sobre aquellas tierras.

Declaración de guerra

El tiempo sin reyes.

Algunos dicen que ”El tiempo sin reyes” (como llaman los historiadores Tsolyáni a este periodo) duró seis milenios, otros dicen que fueron diez. La historia se convirtió en un balbuceo confuso. En un momento dado, cerca de una veintena de principados independientes ocupaban las tierras en las que hoy se asienta Tsolyánu. Algunas regiones continuaron utilizando una versión degradada del Engsvanyáli para sus escritos y monumentos; otros eligieron enarbolar sus propios dialectos locales como lenguas literarias, dando a luz a los modernos Tsolyáni, Mu’ugalavyáni y multitud de otras lenguas. En no pocas zonas el mismo arte de la escritura se perdería.

Es al tiempo sin reyes al que las leyendas actuales de Tékumel hacen referencia. Se pueden encontrar innumerables relatos: Los campesinos Tsolyáni aún cantan y narran la historia del poderoso guerrero Hagárr de Paránta, quien aún vagabundea por este mundo intercambiando la sabiduría antigua por la nueva; Ahí esta el nigromante Nyélmu, condenado por los dioses por su arrogancia a vivir eternamente en el tedio de los jardines de las lágrimas de nieve bajo la antigua Jakálla; También se habla de Subadím el hechicero, cuya curiosidad insaciable le llevó a buscar el huevo del mundo en los vertiginosos riscos de Los picos de Thénu Thendráya y de quien más tarde se diría que había visitado el mismo Hogar de los dioses.

Allí está el gran Thómar el siempre-vivo, cuyas torres hechizadas se aparecen en las tierras baldías para proveer los viajeros fatigados con hospitalidad (y la posibilidad de obtener riquezas y poder a través de sus misiones) Uno puede oír sobre el despistado Turshánmu el invocador de demonios, cuya nave encantada descansa enterrada bajo las arenas de Milumanayá cerca de Pelesár, y cuyas habilidades, pese a ser grandes se estropeaban por sus olvidos ocasionales. Los cuenta cuentos hablan sobre Qiyór el de las muchas lenguas y de como engañó a los príncipes demonio de los planos del más allá, hasta que su audacia le llevó a intentar un engaño de más. Los Mu’ugalavyáni relatan la leyenda del bravo Pendárte de Khéiris y su batalla contra los esbirros de “Ella, la que no puede ser nombrada” en la ciudadela de la luz de ébano, bajo la ciudad de Ch'óchi. Todas estas historias y muchas más pueden ser escuchadas alrededor de los fuegos de las casas de los clanes en los pueblos y ciudades de casi cualquier país.

Es posible que parte de la sabiduría de Éngsvan hla Gánga sobreviviese en los santuarios y retiros ocultos de los antiguos sacerdocios. Tales monasterios aún se conservan en la actualidad. Aún así los poderes de sus sabios son inferiores a los de los héroes de leyenda. Aunque hay muchos informes de encuentros con estos personajes míticos, la autenticidad de estas leyendas sólo se pueden conjeturar.

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