De Homero a Kirby

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Biografía rolera IV: Ampliando el horizonte

Hasta que comencé a jugar a rol mi tiempo de ocio estaba centrado casi en exclusiva en alguna de las habitaciones de mi casa. Ya fuese en la mía leyendo, viendo la tele en el salón, o jugando al ordenador en la habitación común, mi interacción con el mundo más allá de aquellas paredes era muy limitada.
Las ocasiones en las que había quedado con compañeros de clase para realizar actividades no relacionadas con el colegio eran contadas y, mi sempiterno complejo de pelma, me había mantenido alejado de aquellos que compartían conmigo alguna de mis aficiones. Podía quedar con ellos, pero ante el primer "hoy no puedo", asumía que preferían mantenerse alejados de mi durante un tiempo. Ante aquello me limitaba a hacerme a un lado y no hacer nada para retomar el contacto extra escolar. Hasta que ellos no trataban de quedar conmigo, me limitaba a esperar y confiar en que lo harían.

Mis padres me decían que saliese más con otra gente. Que tratase de mejorar mi relación con alguno de mis compañeros. Que, de seguir así, iba a acabar solo.
Pero no les hacía caso.
Trataba de explicarles la razón detrás de mis acciones, pero estas no les convencían. No tenía nada en común con aquella gente. No me interesaban sus temas de conversación, ir con ellos a los bares, o tratar de fingir ser algo que ni era ni quería ser.
Ante esa perspectiva, prefería estar a solas en casa.

Así pues, mi única actividad extra hogareña habitual era aquella que no dependía de la voluntad o disponibilidad de otros.
Me adentraba en todo vídeo-club, librería, kiosko o tienda que pudiese vender o alquilar juegos de ordenador que se cruzaba por mi camino y era en algunos de estos lugares donde pasaba la mayoría de las tardes de los sábados.
Más concretamente la librería Gómez y las tiendas Ramar e Igúzquiza1.

Siempre iba a tiro fijo. Al territorio conocido y controlado ignorando lo que existía a su alrededor.
De no haber sido tan estrecho de miras es posible que hubiese descubierto antes los juegos de rol, porque las señales estaban ahí.

Pero todo esto cambiaría después de un sábado en concreto.

El momento en el que se produjo ese cambio es algo de lo que no me cabe la más mínima duda. El cambio no fue inmediato, pero sí que supuso el inicio de todo lo que estaría por llegar.
La sucesión de hecho que llevaron hasta aquel momento está clara en mi cabeza, aunque la fiabilidad de los recuerdos siempre es la que es.

Estamos en lo que se iniciaría como un sábado cualquiera del verano del ochenta y nueve.
El negocio familiar se había trasladado y mis hermanos y yo estábamos ayudando con los preparativos de su apertura. Mucho por hacer y pocas manos para llevarlo a cabo.
Mientras estamos en ello, mi hermano me dice que ha quedado con Multimaniaco y el resto para jugar a rol.
En aquel momento no existen los móviles, y no sé si ya teníamos teléfono en el nuevo local, así que no sé a ciencia cierta cuál fue la manera en la que contactaron. Posiblemente la cita se concretó durante alguno de los días anteriores.

Pedimos permiso para abandonar las tareas que teníamos encomendadas y este nos es concedido, así que corremos a casa para darnos una ducha y cambiarnos a toda prisa. Después de toda una mañana moviendo cajas y ordenando libros y discos estamos sucios y sudados. Después de esto corremos a la parada del autobús a pillar la línea dos. Nos dirigimos a un lugar nuevo e ignoto para mi, a algo llamado la “Casa de la juventud”. No sé dónde está o qué función cumple ese lugar, al igual que tampoco sé con quién me voy a encontrar y tanta incertidumbre me incomoda. Según nos vamos acercando, el estómago comienza a molestarme por los nervios, nada nuevo, pero finjo que todo está bien.

Dejamos el autobús en la parada cercana al Sektor para continuar con nuestra carrera. La incomodidad y los nervios dejan paso al miedo y la duda.
No vamos a estar solos con nuestros conocidos, y esto es algo que no me gusta. No me gustan las incertidumbres y esto es un cúmulo de ellas. Un lugar nuevo lleno de gente a la que no conozco es conjunción de todo lo que me causa pánico, no me gustan los ambientes no controlados.
Las otras veces que hemos jugado lo hemos hecho en casa ¿qué necesidad tenemos de ir a otro lugar?. Mi estómago empieza a bailar. Yo no bailo, por lo que no puedo afirmar categóricamente que no me guste esta actividad, pero sé que no me gusta que mis órganos internos lo hagan sin mi permiso.

Llegamos, el tiempo y el espacio se pliegan sobre sí mismos. El tiempo se ralentiza, la entrada de la Casa de la juventud se estira hasta el infinito como absorbida por un agujero negro, el miedo irracional me golpea con furia una vez más.
El año pasado, mientras estaba a solas en cama sin poder moverme por el reuma, tras cada sombra y cada ruido de la casa vacía parecía ocultarse algo terrible. Algo que mi parte racional sabía que no existía, pero que mi cuerpo se negaba a aceptar como cierto. Una lucha que tampoco era nueva, pero cuya frecuencia se incrementó durante aquellos días.
Entonces decidí que aquello debía terminar, que no podía seguir así, que el miedo no me tenía que volver ganar. Así que avanzo.
Atravesamos el horizonte de sucesos y me adentro en lo desconocido. En nuestro camino nos cruzamos con gente de diversas edades y apariencias, todos mayores que nosotros. La juventud a la que alude el nombre del local parece un concepto bastante amplio.

Avanzamos y pasamos el mostrador de recepción, giramos a la izquierda para subir por las escaleras. Dos tramos después estamos en la primera planta. Allí encontramos más “juventud de la otra”. No me gusta.
Escucho las voces que salen de las dos salas que tienen sus puertas abiertas a nuestra derecha. Son voces que no me resultan familiares, gritos que proceden de las gargantas de un número indeterminado de desconocidos. A nuestra izquierda otro tramo de escaleras y el deseo de huir. Decisiones, decisiones.
De una de las puertas asoma un rostro conocido. Por fin algo a lo que aferrarme. La situación de crisis parece que se acerca a su final.
Entramos en la sala. En uno de los diversos habitáculos que ocuparía el "Club Mordor" a lo largo del tiempo que permaneció en la casa de la juventud. No sé si fue el primero de ellos, pero sí que fue el primero que conocí.

En la otra sala hay más gente. Más desconocidos, más gente de la que no quiero saber nada... aún. Pero, más allá de ese marco, hay algo que me llama la atención. Una ilustración que tiempo después averiguaré que pertenece a la pantalla de master de una de las ediciones francesas del Pendragón (la de Gallimard para ser más exactos).

Portada del Pendragón de Gallimard

Quiero saber más, pero no entro, el miedo aún es fuerte. A pesar de mi firme propósito de no dejar que me domine, cedo unos pasos ante él.
Entro en un terreno relativamente conocido y me engaño fingiendo que no me importa la presencia de los desconocidos. En esa sala también hay gente nueva, pero son minoría. La proporción es aceptable.

Jugamos a Cthulhu de nuevo. Esta vez no arbitra Multimaniaco, sino uno de los Eduardos. También se nos une "un chaval de Burlada"2 que ha leído en algún lado sobre lo que se hace aquí.
Más no importa, el resultado final es el de costumbre. Morimos todos. Por un lado, los personajes de mis compañeros son muertos a tiros cuando los SWAT (no preguntéis) toman al asalto la casa que hemos asaltado nosotros antes. Por otro, me encuentro sólo ante el peligro. Al menos esta ocasión no muero el primero.
Mi personaje se había ido antes del lugar, pero no se libra de sufrir el destino de sus compañeros. En esta ocasión muero escopeteado por el dueño de una tienda que he intentado atracar... no sé por qué.

Una vez terminada la aventura, da comienzo lo bueno. La tertulia, la camaradería, la crítica, repetición y matización de las anécdotas. Las batallitas de días pasado, las ganas que tenemos todos de ir a ver al cine los próximos estrenos.

No sé cómo descubrieron mis compañeros la existencia de aquel lugar. Un sitio al que jamás habría llegado por mis propios medios.
No sé si fue gracias a la lectura de algún anuncio en un periódico local, una lectura que no consumo, a través de otros amigos, o de algún padre. Es irrelevante. Lo que realmente importa es todo lo que confluyó y comenzamos a construir allí.

Porque nos podían cambiar de sala en la Casa de la juventud, pero “El Club” permanecía. Obviamente, la relación con todo el mundo no era la misma, y no tardaron en establecerse grupos, pero estos no eran completamente cerrados, sino que mutaban y evolucionaban. Podíamos estar años sin pisar el edificio, pero seguíamos siendo los “Del Club”. Podíamos pelear, o dejar de vernos durante años, pero el vínculo que se estableció allí perduraba. Podíamos dejar de jugar a rol con asiduidad, pero seguías formando parte “Del club”.

Es algo que te acompañará, aunque la entidad social se disuelva formal y oficialmente, aunque no lo menciones en voz alta, aunque éste sólo exista dentro de nosotros.

Mis padres se equivocaban. No tenía que fingir nada.
Por más que me empeñase en algunos momentos, no acabaría solo.

Después de aquello mis patrones de movimiento por la ciudad comenzaron a cambiar. Con el paso del tiempo, la anécdota se convirtió en tradición. No necesitaba quedar con los demás, podía ir a la Casa de la juventud y ahí siempre encontraría a alguien afín. Los sábados por la tarde pasaron a ser más sociales, igual que los miércoles y los viernes cuando salía de trabajar. Los domingos la Casa sólo abría sus puertas durante la mañana, pero no importaba madrugar por una buena causa.
Primero aquella gente, y después aquel lugar, me dieron algo que no sabía que necesitaba.

Llegaron las noches en las que no volvía a casa, y las conversaciones con mis padres. Por suerte me creyeron cuando les expliqué que las veladas en vela se dedicaban a jugar durante toda la noche en casa de algún amigo cuyos padres habían salido.
Se les hacía raro, pero los argumentos lógicos triunfaron. La disyuntiva era sencilla: permanecer toda la noche en un lugar localizado y un número de teléfono al que llamar, o hacer caso a sus consejos de antaño y comenzar a visitar bares.

Pero el Club y las casas ajenas no fueron los únicos territorios que comencé a explorar. El abanico de los lugares que frecuentaba se se fue ampliando cada vez más. Primero fueron otras secciones de las revistas que compraba, y luego baldas cuya existencia había ignorado en las librerías. Después de aquello comencé a visitar nuevos comercios locales, pero aquello sólo fue el comienzo.
Pero eso es algo para hablar en la siguiente entrada.

Enlaces:

1. El circuito del ocio
- Devolvedme mis magdalenas, cabrones I
- Devolvedme mis magdalenas, cabrones II

2. Un chaval de Burlada

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