De Homero a Kirby

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Las Crónicas de Ámbar

La evolución de mi relación con la obra de Roger Zelazny ha sido... accidentada.
Conocí sin conocer su trabajo allá por el lejano ochenta y... algo, en la publicidad de alguna revista.
En aquel primer contacto sólo vi un juego de ordenador... con cartas ¿quizás un strip poker?. Da igual, las cartas no me interesaban, así que no le di muchas más vueltas.
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Publicidad en las revistas">

Obviamente, ese error de apreciación fue uno de los múltiples corregidos por el paso del tiempo.
Podría escribir una reseña sobre ese juego en la parte de Nostalgia en cuatro colores pero, por un lado, no lo he jugado, por otro, las aventuras conversacionales nunca me han llamado demasiado y, para terminar, el Anticuario digital ya escribió un parpar de entradas sobre él (ojo, spoilers puntiagudos y finales alternativos), así que dudo que yo pueda aportar nada más al respecto.

Pasa el tiempo y llegamos hasta... alguna fecha indeterminada a comienzos de la (también ya lejana) década de los noventa. La Dragon (o, quizás, la White Wolf) anuncian un juego de rol sin dados. Extravagancias, me digo. Además diseñado por el mismo tipo que escribió el juego de rol de las Tortugas Ninja. No son unas credenciales demasiado buenas pero, suena curioso, le daremos un tiento.
El juego llega, lo ojeo por encima y presto sin hacerle demasiado caso. Pasa el tiempo y lo vengo junto a otro montón de juegos de rol que sé que no arbitraré jamás. Fin de la historia... un interludio flashback entre medio (supongo que al noventa y siete).
Mientras espero para entrar a ver Con Air en el cine, compro una novela en la librería frente a los cines; Dilvish el maldito, y empiezo a leerlo mientras espero al resto de la gente.
Es... raro. Está escrito como a toda prisa, pero parece curioso. Cuando llegan los demás cierro el libro y me dispongo a ver ese PELICULÓN. Ya seguiré leyendo en casa, me digo (pero miento). Presto el libro, no recuerdo a quién. Jamás vuelvo a verlo.

Segundo interludio / flashback. Ese mismo año me toca ir a Barcelona a una convención. Mientras hago tiempo para pillar el bus de vuelta, me paso por Gigamesh y me compro las cinco novelas de la primera pentalogía de Ámbar.
Empiezo a leer el primero mientras espero en la estación.
Es... raro. Está escrito como a toda prisa, pero parece curioso. El autobús va a salir, cierro el libro y me dispongo leerlo cuando llegue a Pamplona, me digo (pero miento).
Le presto el primer libro a un amigo y, a día de hoy aún debe seguir por su casa.

Dos mil once, en mi recolección de juegos de rol que me arrepiendo de haber vendido, vuelvo a conseguir el Amber Diceless roleplaing. Una vez conseguido, le echo un vistazo por encima, y lo dejo en la estantería.

Dos mil trece. Busco el primer libro de la pentalogía, el resto siguen a la espera de ser leídos en la estantería. Sigue sin estar por casa. Busco “donde están todas las cosas” y lo encuentro. Ya que estamos, me descargo los cinco y los meto en el libro electrónico.
Es... raro. Está escrito como a toda prisa, pero parece curioso. Un par de semanas después he terminado con todos ellos (son finitos).
Conclusión: De mayor quiero escribir como Zelazny.

Saco el juego de rol de la estantería y lo ojeo con algo más de detenimiento. Leo cómo describe a los personajes del libro y no estoy de acuerdo con sus conclusiones y cómo los plantea. Cierro el libro y lo devuelvo de nuevo al ostracismo. Me planteo cómo podría integrar Amber dentro de La Campaña.

Amber RPG

Tras esta breve presentación, al turrón.
Si te gusta la fantasía... rara pero no, escrita como si tuvieses prisa. Si eres capaz de sobrevivir a descripciones de viajes, probablemente influenciadas por el consumo de drogas. Si eres capaz de perdonar alguna que otra incoherencia claramente debida a la improvisación (yo no suelo serlo, pero con Ámbar lo fui).
Si te gustan los personajes aparentemente ambiguos pero que no engañan a nadie y son héroes de una pieza, giros algo rocambolescos y algunos conceptos que te dejan diciendo “esto me gustaría haberlo escrito a mi”.
Lee las crónicas de Ámbar.
Fin.

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