De Homero a Kirby

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Sobre quien esto escribe

¿Quién soy?
Vaya pregunta.
El “quién” es claro, sencillo y breve: Soy Yo. Pero para explicar esto no me habría preocupado en ponerme a escribir nada.

El “qué” compone ese “Yo”, puede ser una tarea algo más larga y compleja de acometer, no tanto porque yo sea especialmente complejo, sino por mis propias limitaciones como... emmm... descriptor.
Los campos del resumen, la generalización y la concreción nunca se han encontrado entre mis puntos fuertes así que, tratar de resumirme o descomponerme a mi mismo en fragmentos más acotables, no se me hace una tarea fácil.
Si bien te comento que la concreción no se encuentra entre mis virtudes, la instrospección sí que es una de las que llamaría mis características definitorias. De cualquier manera, no siempre la consideraría una virtud, ya que, en más de una ocasión, puede llegar a ser bastante coñazo.

Podría tratar de delimitarme por mis aficiones. Este portal, sin ir más lejos, más allá de una prueba para mis habilidades técnicas, o un intento de devolver a ese ente etéreo llamado “internet” todo lo que me ha dado, no deja de ser eso.
Otra opción podría se la de definirme con respecto a quienes me rodean. Pero no están por aquí, y no los conoces, así que la daremos por descartada.

“Nostalgiador a tiempo completo. Informático vocacional. Lector de cosas con dibujitos y sin ellos. Forjador de universos, juntador de letras y perpetrador de historias.

De esta manera tiendo a presentarme ante propios y extraños en mi perfil dentro de las redes sociales.
Cierto todo ello. Eufemísitco, cuando menos. Sintáctica y gramaticalmente correcto, al menos según el valor que doy yo a las palabras que he usado, también (confiando en que el resto del universo de un significado similar a las mismas).
Difuso. Sí, esa es una palabra que usaría para definirme. Terco y vago, esforzado y disperso también. Contradictorio, gran parte del tiempo. Autoconsciente, siempre que puedo.
Rebuscado, pedante e informal a la hora de escribir... en ocasiones. Autodidacta, y orgulloso de ello. Bárbaro iletrado sin estudios y, en consecuencia, inseguro, son otras de mis improntas personales.
¿He mencionado contradictorio?

Si no te has espantado con un comienzo tan... emmm... mío, trataré de compensarte de alguna manera con el resto del texto.

La nostalgia es para mi algo conjugable. Como un verbo. Si miramos las definiciones que da de esta palabra la RAE, se me quedan demasiado justas.

nostalgia.
(Del gr. νόστος, regreso, y -algia).
1. f. Pena de verse ausente de la patria o de los deudos o amigos.
2. f. Tristeza melancólica originada por el recuerdo de una dicha perdida.

Es lo que tienen las descripciones, tienen que ser concretas, asépticas e impersonales. Para el caso que nos ha traído hasta aquí, inútiles.

¿A qué me refiero cuando me defino como Nostalgiador? Permíteme que te lo explique mi yo de hace unos años en una entrada de uno de mis difuntos blogs:

“Vivir, lo que se dice vivir, lo he hecho sólo en dos ciudades: Alsasua y Pamplona.
De la primera de ellas, tengo bastantes recuerdos y podría hacer un mapa de por donde me movía (nos mudamos a Pamplona cuando tenía cosa de ocho años, así que tampoco es que mi radio de acción fuese demasiado amplio)
Tengo (creo, confío y espero) buena memoria. Recuerdo a mis amigos, y a los padres de uno de ellos. Recuerdo la tienda de deportes y el bar en el que trabajaba una tía mía. Por supuesto, recuerdo mi casa y la discoteca de mi padre. Incluso guardo gratos recuerdos de los colegios por los que pasé, aunque no logro ponerles nombre más allá de los cursos que permanecí en ellos.
Para cada uno de aquellos lugares tengo una ubicación clara y definida en mi diminuto “Mapa conceptual de Alsasua”. Incluso podría localizarlos sin problemas en un plano de la ciudad (siempre que fuese uno de finales de los setenta)
Pero en mi cabeza hay otro mapa. Uno con unas cuantas “X” emocionales que indicarían las localizaciones de las que tengo un recuerdo más sentimental que visual. Lugares en los que no pasé tanto tiempo pero que dejarían una marca igualmente indeleble. Lugares que también sabría ubicar sin problema en ese mismo mapa, pero no sería capaz de describir. Gestadoras de mis futuras aficiones y museos fantasma de mi pasado.
Hace mucho que no voy a Alsasua, pero recuerdo perfectamente el girar la cabeza buscando aquellos emplazamientos místicos que ayudaron a forjar quien soy. Pero ya no están ahí. Han sido sustituidos por otros negocios y locales que, por más grandes o modernos que sean, no son capaces de ocultar a mis ojos los espectros de aquello que me marcó.
Ya no están los (“mis”) puestos de revistas. Aquellos donde mi padre me compraba los tebeos y los soldados paracaidistas de plástico, ni el salón recreativo (ahora hay otro, pero es un lugar lóbrego y botellonesco) ni el almacén donde el padre de mi amigo Rafa tenía las máquinas en toda su gloriosa desnudez electrónica.
Y nos vinimos a Pamplona; tierra ignota, tierra de maravillas sin fin. Una Pamplona distinta a la que me encuentro a día de hoy. Un lugar de expediciones y descubrimientos.
Al principio, cada esquina ocultaba una librería, un lugar en el que entrar y mirar “que había salido”. El tiempo era algo relativo, los tebeos no tenían cadencia. No eran semanales, quincenales o mensuales, sino “los que había”.
Cuando creías tener una ruta perfecta, veías por el rabillo del ojo una callejuela con un estanco o una papelería que no conocías, y entrabas, y el tendero te miraba mal mientras estabas de cuclillas revisando la mercancía.
Y llegaron los ordenadores, y a las librerías y papelerías se añadieron las tiendas de electrodomésticos o de electrónica. Y llegó la eclosión de los video-clubs, y cada día te sacabas el carné de uno nuevo. Y llegaba el momento en el que superabas tu timidez, y entrabas en los bares para ver que máquina tenían. Y empezabas a jugar a rol, y tu espectro de locales en los que descubrir “algo”, de locales con “posibilidades”, se ampliaba aún más.
El mundo era un lugar lleno de recovecos por investigar. Un lugar inundado por el “sentido de la maravilla”. Un lugar que ya no existe.
Ahora paso por esos sitios y también veo los espectros de lo que fueron. Nunca más diré en Perseo que le apunten a mi padre los tebeos que me llevo, ni descubriré en Macoe a los Alpha Flight de Byrne. No más carátulas de Mastertronic en Arévalo Micro Sistemas o Noain. No más portadas de Boris Vallejo para las películas de vídeo italianas en el Irache o el Urdax. No más alquileres en el Supermercado del cassette.
La especialización mató a la estrella de la descentralización. La certeza de lo que hay a la esperanza de lo que podría haber.
Camino por la ciudad y continúo girando la cabeza en los mismos lugares, pero ellos ya no están ahí. Se han ido y no puedo evitar echarlos de menos.”

Un tanto sentimental, lo admito, pero es lo que hay. Puedes agregar ese adjetivo también a la lista de los que llevamos hasta el momento, porque todo lo que se expresa en ese texto continúa vigente hoy en mi.
Por supuesto, siempre queda espacio para más puntualizaciones y, por más que escriba, sé que siempre se me ocurrirá alguna más mañana (siendo mañana mañana y, que no o, dentro de diez años)
Dicho esto, continuamos.

No echo de menos los locales o los productos concretos, sino las sensaciones asociadas a ellos. La ilusión con la que entraba en cada nueva tienda, la emoción previa a cada expedición, el subidón con cada hallazgo. Ahora descubrimos cosas nuevas e interesantes cada minuto, antes podían pasar semanas o meses entre eventos. La cantidad adormece la capacidad de sorpresa. Lo habitual mata la intensidad.

Los productos continúan en mis estanterías. Unos cumpliendo la doble función de entretenerme y de mitigar la nostalgia, otros recordándome como han cambiado mis gustos. Los locales, una vez descubiertos, pasaban a ser “uno más” salvo en la contadas excepciones en las que trababas relación con quienes allí habitaban.

De todas formas, con el paso del tiempo, mi acercamiento hacia mis aficiones ha variado notablemente. Soy un lector de tebeos que cada vez consume menos viñetas. Un rolero que hace años que no juega o arbitra una partida. Un aficionado a los vídeo juegos que apenas dedica tiempo a su práctica.
No achaco este cambio en mi relación lúdica a la falta de tiempo u oportunidad, de afirmar tal cosa mentiría, al cansancio o la desidia. Más bien, mi foco de atención hacia los mismos ha cambiado y ahora disfruto más informándome, hablando o leyendo sobre ellas que practicándolas.
Por otro lado, y como puedes comprobar, también escribo... cuando me apetece. Por suerte o desgracia, la práctica y estudio de mi otra gran pasión, la informática como herramienta y como concepto, se mantienen y conviven al mismo tiempo. Quizás ayude a éste interés el que me gane la vida con ella, no lo negaré, pero no es el principal motor que me mueve en este campo.
También estoy creando un juego de rol. Bueno, estoy se podría considerar un eufemismo, ya que llevo con ello más de la mitad de mi vida, y me encantaría hacer un tebeo sobre el mismo.
Ecos, que decía Jim Starlin. Ecos de planes fallidos y buenas intenciones malgastados en actos fútiles.
Fútiles por el momento, respondo yo. Fútiles si te rindes. Fútiles si no te levantas tras cada tropiezo.

Así que, aquí estamos. Más o menos estos son los “qués” que conforman mi “Yo”.
Aquí me tienes. De pie lleno de planes, esperanzas, nostalgia y obstinación.
Bienvenido. Pasa y lee un rato. No hay ninguna prisa.

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