De Homero a Kirby

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Biografía fabuladora II: El saber, el lugar y el momento

Me encantaría decir que me gusta leer sin sentir que estoy mintiendo. Me encantaría que me gustase leer, pero mi relación con la palabra escrita siempre ha sido complicada.
El deseo de conocer y comprender está ahí y me mueve a hacer acopio de libros que sacien estas necesidades, sólo para que terminen formando parte de una pila de lecturas infinita. Me gusta saber y me gusta aprender, pero estudiar es un soberano coñazo. Aunque no sé si esto siempre fue así.

Mis recuerdos de los tiempos previos a llegar a Pamplona son difusos. Fogonazos poblados por gentes, lugares y acciones concretas, pero entre esos recuerdos apenas tengo memoria de los profesores o las clases.
La sensación general a ese respecto es la de tranquilidad. El aprobar las asignaturas sin esfuerzo. Más allá del momento en el que mi madre me dejó a solas con las monjas en pre-escolar, no recuerdo que, en aquellos tiempos, el colegio fuese algo traumático. Tampoco lo recuerdo como una actividad agradable, sino como un mero lugar de tránsito que no me marcó especialmente. Todo eso cambió tras mudarnos a la capital, pero eso será tratado más adelante.

En ocasiones bromeo diciendo que mis padres cometieron un error de cálculo a la hora de llevarme al colegio. Me obligaron a aprender a leer, me forzaron a interactuar con otros y dejaron de ser el único sustento para mi curiosidad. A partir de aquel momento mis padres comentaron a ser un elemento prescindibles para el ocio. Ya no me hacían falta para comprender las historias que se ocultaban entre las palabras.

Pero aquí hemos venido a hablar de influencias y acerca del camino recorrido. En aquellos primeros años mis musas fueron la televisión y los tebeos, las dos grandes “Ts”. Escribir no era algo que se me pasase por la cabeza, pero esto no implica que en su interior no se desarrollasen cientos de historias.
No importaba el origen, el formato o la edad No importaba la autoría, la nacionalidad o el medio, todo aportaba. A día de hoy, si bien sería capaz de listar la manera en la que me impactó cada obra, no sería capaz de determinar la secuencia concreta en la que tuve acceso a cada una de ellas.
Aunque muy probablemente estuviese ahí, no soy consciente de la existencia de una biblioteca en Alsasua durante aquellos días, pero tampoco la eché falta. Allá donde miraba todo era susceptible de ser asimilado. Desde los tebeos historietas anteriores a mi existencia, hasta las películas de chinos que nos llegaban desde Pamplona todo sumaba.
Haciendo memoria me sorprende la diversidad de lo que recuerdo. A excepción de tebeo japonés, el material a mi alcance pertenecía a todas las grandes escuelas clásicas. Una diversidad que ha tardado mucho en volver a estar accesible, y que ahora ya no se encuentra al alcance económico de todos.

Recuerdo ir al pueblo de mi padre y recorrer todos los armarios de la casa en busca de lectura. Superar momentáneamente mi miedo a la oscuridad y subir hasta la buhardilla a la caza de nuevo material cuando ya había terminado por vigésima vez lo que tenía entre manos. Al principio casi todo eran tebeos heredados de mi padre y mis tíos. Material de todos los tamaños y colores. Desde los cuadernillos de Hazañas bélicas, El Aguilucho o el Guerrero del Antifaz hasta revistas humorísticas como el TBO, Jaimito, Pulgarcito, Pumby y, por supuesto, la escuela Bruguera.
Recuerdo discusiones absurdas son mis hermanos acerca de qué tebeo era “mejor” de acuerdo a… ningún criterio claro u objetivo que, con el paso del tiempo, han resultado tener una base. Como en todo lo relacionado con tan tierna edad, había que tomar bando. Mientras que mis hermanos optaban por Zipi y Zape o Carpanta, yo era un acérrimo defensor de Mortadelo y Filemón o Rompetechos. No sabíamos nada de autores pero ya entonces, sin ser conscientes de ello, éramos capaces de distinguir entre Escobar e Ibañez.

Pero el de la autoría sólo era uno de los muchos misterios aún por desentrañar. Los tebeos ocupaban un espacio físico en nuestros cuartos y salones, y un lugar especial en mis sinapsis, pero no dejaban de ser entidades cuasi mágicas.
Mis padres podían ser prescindibles para su disfrute, pero sólo ellos conocían su lugar de procedencia. De vez en cuando aparecían con algún nuevo ejemplar o con algún estuche de VHS con una portada que anticipaba acción y emoción a raudales. El mundo seguía siendo un lugar lleno de magia donde, en la lejanía, existían tipos vestidos con atuendos coloridos haciendo el bien. Gente con ideales tan férreos como su determinación y sus músculos.
Los personajes de Bruguera podían ser graciosos, pero los súper héroes eran algo más. No se lanzaban bombas entre ellos o se perseguían con martillos gigantes. Ya entonces la tensión y el sufrimiento me resultaban emociones más interesantes que la risa y, al igual que en el caso de los autores españoles, sin ser consciente de ello ya entonces era capaz de discriminar entre la manera en la que cada editorial afrontaba la creación de sus historias.

Porque no eran lo mismo las historietas de ciencia ficción de los cincuenta que un tebeo de Marvel. No era lo mismo el Superman que publicaba Novaro que los tebeos de la Fleetway. La escuela franco belga no tenía nada que ver con las tiras de prensa americanas de principios de siglo.
Kelly o Zarpa de Acero eran muy distintos de Batman, de la misma manera que Spirou no tenía nada que ver con Flash Gordon o el Hombre enmascarado.
Quizás las portadas de López Espí tratasen de ofuscar aquella verdad pero, aún sin ser consciente del por que, sabía que cada historia era diferente.

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