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Biografía rolera III: El Club

Portada del Pendragón de Gallimard

La sucesión de eventos que nos lleva hasta esta historia está clara, cristalina en mis recuerdos. Aunque claro, mis recuerdos me pueden engañar, que son muy suyos, así que esto muy bien puede ser una dramatización de lo que sucedió realmente.

Estamos en el ochenta y nueve, sábado ¿verano? quizás. Durante la mañana hemos estado echando una mano en el local de la nueva tienda familiar que pronto abrirá sus puertas al público, tras comer en un bar cercano, hemos vuelto al tajo. Mientras estamos en ello, mi hermano me dice que ha quedado con Multimaniaco y su cuadrilla para jugar a rol. ¿Cómo? no lo sé, no existen los móviles, así que supongo que la cita se concretó en clase durante alguno de los días anteriores.
Pedimos permiso para largarnos y este nos es concedido. Corremos a casa y nos duchamos a toda prisa, corremos a la parada del autobús a pillar la línea dos. Nos dirigimos a un lugar nuevo e ignoto para mi, a algo llamado la “Casa de la juventud”. No sé dónde está eso, no sé qué es eso, no sé con quién me voy a encontrar y tanto desconocimiento me incomoda.
Dejamos el autobús en la parada cercana al Sektor para continuar con nuestra carrera, mientras la incomodidad deja paso al miedo y la duda. No me gusta conocer gente nueva, y me han dicho que no va a estar sólo nuestro grupo de juego. No me gustan los lugares nuevos, no me gustan los ambientes no controlados. Las otras veces que hemos jugado lo hemos hecho en casa ¿qué necesidad tenemos de ir a otro lugar?. Mi estómago empieza a bailar. Yo no bailo, así que no puedo afirmar categóricamente que no me guste bailar, pero sí que puedo afirmar que no me gusta que mis órganos internos lo hagan sin mi permiso.
Llegamos, el tiempo y el espacio se pliegan sobre sí mismos. El tiempo se ralentiza, la entrada de la Casa de la juventud se estira hasta el infinito como absorbida por un agujero negro.
No voy a dejar que me gane el miedo. El año pasado, mientras estaba en cama sin poder moverme por el reuma, mientras tras cada sombra y cada ruido de la casa vacía parecía ocultarse algo terrible, decidí que aquello debía terminar.
Atravesamos el horizonte de sucesos y me adentro en lo desconocido. En nuestro camino nos cruzamos con gente de diversas edades y apariencias, todos mayores que nosotros. ¿La juventud a la que alude el nombre del local se refiere a ellos?.
Avanzamos y pasamos el mostrador de recepción, giramos a la izquierda para subir por las escaleras. Dos tramos después estamos en la primera planta. Más “juventud de la otra”. No me gusta.
Dos salas con las puertas abiertas a nuestra derecha, en su interior un número indeterminado de desconocidos. A nuestra izquierda otro tramo de escaleras. Decisiones, decisiones.
De una de las puertas asoma un rostro conocido, fijando coordenadas. La situación de crisis parece que se acerca a su final. Entramos en la sala. Es la más pequeña de las dos que ocupa hoy Mordor. “El club”.
En la otra sala hay más gente. “Juventud” de la otra, desconocida, de aquella que me da miedo. Pero, más allá de ese marco, hay algo que me llama la atención. Una ilustración que tiempo después averiguaré que pertenece a la pantalla de master de la edición francesa (la de Gallimard para ser más exactos) del Pendragón. Quiero saber más, pero no entro, el miedo aún es fuerte a pesar de mi firme propósito de no dejar que me domine.
Entro en el terreno relativamente conocido y me engaño fingiendo que la tentativa fallida no ha existido. Ahí también hay desconocidos, pero son minoría. La proporción es aceptable.

Jugamos a Cthulhu de nuevo. Esta vez no arbitra Multimaniaco, sino uno de los Eduardos. También se nos une un chaval de Burlada que ha leído en algún lado sobre lo que se hace aquí. Más no importaba, el resultado final es el mismo: todos muertos. Por un lado, el resto muertos a tiros cuando los SWAT (no preguntéis) toman al asalto la casa que hemos asaltado nosotros antes. Por otro, me encuentro sólo ante el peligro. Al menos esta ocasión no muero el primero.
Mi personaje se había ido antes del lugar, pero no se libra de sufrir el destino de sus compañeros. En esta ocasión muero escopeteado por el dueño de una tienda que he intentado atracar... no sé por qué. Resulta que Eduardo decidió que estaba a más de diez metros de tipo, por lo que mi recortada no tenía alcance suficiente como para darle. Su escopeta era más grande.
Recordad, niños y niñas, el tamaño sí importa. Sobretodo el del calibre de tu arma. No, sigo sin hablar de sexo.
En fin, una vez terminada la partida, llega lo bueno. La tertulia, la camaradería, la crítica, repetición y matización de las anécdotas. Las batallitas de días pasado, las ganas que tenemos todos de ir a ver al cine el Batman de Burton.

Con el paso del tiempo, la anécdota se convierte en tradición. Los sábados toca tarde de club, igual que los miércoles y los viernes (los domingos sólo por la mañana). Nos pueden cambiar de sala en la Casa de la juventud, pero “El Club” permanece. Podemos estar años sin pisar el edificio, pero seguimos siendo los “Del Club”. Puedes pelearte, o dejar de verte con la gente, pero sigue existiendo un vínculo que os une. Puedes dejar de jugar a rol con asiduidad, pero no puedes, corrección, no quieres, dejar de ser “Del club”.
Es algo que te acompañará siempre, aunque se disuelva formal y oficialmente, aunque no lo menciones en voz alta, aunque éste sólo exista dentro de nosotros.

El Pendragón de Gallimard

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