De Homero a Kirby

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Biografía computeril: PCverso VIII (De estrenos y viejos conocidos)

Había conseguido hacer funcionar a mi nuevo súper-monstruito, pero aquello no cambiaba nada. Lo seguía utilizándolo para lo mismo; como procesador de textos... pero tampoco es que escribiese demasiado.
Por suerte, en aquellos tiempos descubriría el Shareware, dando un vuelco considerable a las funciones para las que usaba la máquina (y la informática en general) También comenzarían a popularizarse las revistas de share y freeware. Publicaciones que (obviamente, tras comprarlas) te regalaban... algo por lo que no había que pagar. Claro, en una época en la que internet tal y como la conocemos se encontraba en un estado casi de gestación, y los oscuros y arcanos misterios de las BBS sólo se encontraban a disposición de unos pocos elegidos, era harto complicados de recopilar o conseguir aquel material por tu cuenta, así que hasta agradecías pagar por ello.

Mi curiosidad informática crecía, y resurgía mi nunca desaparecido gusto por el gore electrónico. Hasta entonces sólo había tenido cacharros con los que jugar de una manera, pero aquellos trastos despertaron en mí algo más. Igual era porque me encontraba vendidísimo para hacer cualquier cosa básica. Antes, era encender la máquina y ¡ZAS! ¡MAGIA! Se encendía y funcionaba, punto. Ahora no. Ahora se podía jorobar la disquetera, el disco duro (que no, no eran lo que yo había creído hasta entonces) u otro montón de palabrería técnica que me sonaba a algo a medio camino entre el albano-kosovar y el soajili cerrado. Y lo peor era que aquello me molaba. Me sentía contento cada vez que pinchaba una tarjeta y conseguía que funcionase. Cada vez que copiaba una linea del autoexec y sabía (más o menos) lo que me decía y para que servía. Aquello prometía.
Así que me compré una torre enorme para trasplantar a mi pequeñin y poder enredar en sus tripas a gusto. La cosa no parecía complicada: Marcar cables, soltarlos, quitar la placa de una caja y conectarla en la otra. Chupado incluso para un bárbaro como yo. Con lo que no contaba era con que las conexiones de los buses en aquellos tiempo no eran lo que se dice “precisas”. Tras el trasplante, el condenado no sólo no quiso encenderse sino que metía un pitido que no presagiaba nada bueno. Mi escasa autoconfianza y raquítico ego se hundieron hasta simas nunca antes horadadas; me había cargado un cacharro que no iba a ser fácil (ni, sobre todo, barato) de reemplazar. Tendría que haber prestado más atención en el curso de destrucción y reconstrucción de horrores tecnológicos.

Por suerte no me lo había cargado, y el amigo Z logró hacer que aquello volviese a mover bits por su interior. Eso sí, tardaría unos añitos en atreverme a revolver entre las tripas de un ordenador (más allá de para instalarle una tarjeta de sonido).

Tras el susto, el pavor y todo lo demás, decidí que tocaba estudiar medio en serio sobre aquello, pero no tenía ni idea de donde. Tampoco estaba tan emocionado como para ponerme a estudiar otro ftp, así que empecé a buscarme la vida por mi cuenta. A falta de internet (y wikipedia) que echarme a la boca, me apunte a un curso Ceac de Basic, que no tenía nada que ver con lo que yo quería, pero era lo que había (y el comercial se empeñaba en que era imprescindible antes de meterme en cosas más serias)
Ese curso aún sigue por mi casa (se vino conmigo en la mudanza) y... estoy convencido de que algún día lo haré (hey, es casi todo programación para ordenadores de ocho bits, y eso mola bastante más que Visual Studios, Javas, Punto nets o Pythons)

Mientras me (ejem) mentalizaba para empezar a estudiar “en serio”, en una de las revistas de shareware encontraría las herramientas que han guiado mis pasos informáticos hacia la senda que aún transita: La emulación. Mucho cachi procesador, triangulitos que se mueven a la vez y teras de información, pero con lo que mejor me lo paso es con la informática viejuna.

Por un lado tenía un emulador de algo moderno... el entorno gráfico del OS2Warp de IBM. Lo más curioso del asunto era que Windows iba mejor y tenía más posibilidades con ese emulador que sin él (lo no hacía sino engrandecer las leyendas sobre la generosidad de los señores de Microsoft para con la competencia)
Por el lado encontraría los primeros emuladores de ordenadores de ocho bits (Commodore y Spectrum) lamentablemente, aún no había a disposición del gran público en general una librería de juegos con los que poder darle uso (aparte de que aquellas versiones sólo funcionaban diez minutos si no comprabas la versión completa)
Era ver la pantallita azul del Commodore y ponérseme un sonrisa tonta en la cara (y la cara de tonto me dura hasta hoy)

Así, con esta expresión de lerdo y la lagrimita a punto de caer, me despido por hoy... Creo que voy a echar una partidita al Traz antes de ir a dormir.

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