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Biografía computeril: PCverso XI (Maldito gorila)

Pues sí, maldito gorila.
¿A que gorila me refiero?
Al de Nintendo. Al puñetero Donkey Kong, que me hizo reincidir. Que me haría tropezar otra vez con la piedra de costumbre.
Vamos, que después de ver los anuncios del Donkey Kong Country en la tele (a todo esto, juegazo), aquellas mismas navidades me compraría una Super Nintendo.
A ver, no me entendáis mal. La máquina bien merecía la pena un tiento (y alguno más también) pero estaba negando una vez más a uno de mis señores. Sin un Commodore a quien negar ante la cruz, esta vez traicionaría a Sega.
Bueno, tampoco es que la traicionase de una manera exacta (al menos no del todo) Al fin y al cabo la MegaDrive seguía en casa y ¿que queréis que le haga? del MegaCD, que había salido un par de años antes, ni me había enterado.
Lo mismo pasaría con “La respuesta de Sega ante la SNES”, el 32X, de cuya existencia no sabría hasta mucho tiempo después (y que, seamos sinceros, de haber visto en su momento dudo mucho que me hubiese comprado)
Y hasta en año siguiente no saldría la Saturn, que pasaría de una manera bastante discreta por las tiendas de la zona. A veces me pregunto ¿Habría corrido la Saturn la misma si a los señores de Sega España, en lugar del “Canal Pirata” le hubiesen dado un tiento por estas tierras a los anuncios del amigo Segata Sanshiro?
No lo sé... pero nos habríamos echado unas risas.
Más adelante, tras tropezar de nuevo con la misma piedra, tropezaría de nuevo volviendo al redil de mi señora de los ludismos. Pero eso os lo contaré cuando toque cronológicamente.

Pues bien, a lo que íbamos.

Mi tropiezo con la piedra de costumbre me llevaría hasta los amorosos brazos de la gran “N”, pero sería una recaída muy prolongada (pero bien aprovechada)
Durante mi etapa con Nintendo, la verdad es que probaría pocos juegos. No tanto por elección premeditada, como por imposición, llamémosla “social”. Los juegos para la SNES (como todos los de la época) eran caros de cojones.
Si a esto sumamos que tampoco había mucho entre lo que elegir (en Pamplona) y que, pese a que internet estaba a punto de llamar a mi puerta, no era lo que es hoy día, el resultado fue que sólo me compré cuatro juegos para aquella máquina.
Por un lado estarían el mencionado Donkey Kong Country, su segunda parte y el R-Type, grandes juegos todos ellos. Por el otro, me haría con el Killer Instinct, que no es que fuese malo, pero que no dejaba de ser un Mortal Kombat con todo lo malo que aquello acarreaba. Vamos, que se dejaba jugar pero tampoco me emocionaba (ni él, ni el CD que te regalaban con su banda sonora)

Lo cierto es que en aquellos años no recuerdo haber visto por las tiendas la saga de los Super Mario pero, de haberlos visto no creo que les hubiera hecho mucho caso. No os creáis que era por un sentimiento de “madurez” mal entendida, sino que con esas mirando sus portadas no creo que me hubiesen llamado lo suficiente como para darles la vuelta (toooonto que puede llegar a ser uno)

Salvo el R-Type, me los acabaría todos (era chungo el condenado, y hasta que lo jugué con el MAME con sus “truquillos” no habría manera de terminarlo) alguna que otra vez. Lamentablemente, en lo que parece haberse convertido en una (triste) tradición por mi parte, ahora soy incapaz de dedicarles partidas de más de unos minutos, antes de dedicarme a correr p'alante en lo que es más una carrera por llegar cuanto antes posible al final de la pantalla, que disfrutar del juego en sí.
Pero que le vamos a hacer. La chavalada se queja ahora de que los juegos “sólo” les duran veinte horas, y a mi me entran sudores fríos si dedico a (casi) cualquiera de ellos más de veinte minutos. Será que no estoy a la moda.

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