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Biografía rolera VII: El corcho

Creo recordar que la primera aventura que jugué fuera de mi grupo habitual fue una de Warhammer.
No sé si por la sala de la Casa de la Juventud estaba alguno de los integrantes de mi grupo de juego o si había ido hasta allí de manera autónoma. Los detalles que llevaron hasta aquello se me escapan, pero estaba en el club, había gente sentada alrededor de una mesa dispuesta a comenzar una partida, y yo estaba entre ellos.

Mi personaje, un enano trollslayer, y en mi mejor tradición, perdió su exiguo punto de destino y, pocos asaltos después, también la vida. La partida terminó y mi día a día continuó. Fin de (aquella) historia.

Aun así, en estos momentos me sigo preguntando de dónde saqué el estado de ánimo y la confianza necesarias para llegar hasta aquella situación.

Es posible que la cara de alguno de ellos me sonase de habernos cruzado en TBO o en alguna de las salas de recreativos, pero veo improbable que hubiese entablado conversación con él o ellos en aquellos entornos. Es posible que alguna otra tarde cualquiera de ellos hablase conmigo sobre algún tebeo recién comprado y esparcido sobre una mesa. También es posible que esté mezclando cosas y aquella no fuese mi primera partida fuera del grupo habitual. Pero eso no importa.

Aquel sólo fue uno de muchos. Quizás el primer paso, quizás sólo un más pero, claramente, no el último. Y no fue el último gracias al corcho.

A través de aquel rectángulo de madera colgado de la pared nuevas facetas del mundo social se abrieron ante mi. De mi interacción con él salieron las primeras conversaciones con rostros sin nombre que hasta entonces sólo ocupaban espacios cercanos al mio. Por obra de las palabras que me mostraba conocí a mucha de la gente con la que me sigo relacionado a día de hoy, y aprendí a evitar a otros tantos.

Porque lo hacía todo más fácil.

Cualquiera podía poner un cartel en él. Papeles clavados con chinchetas que anunciaban la llegada de nuevos mundos, de nueva gente, de nuevas aventuras. Mensajes introducidos en botellas que, en inicio, no sabías hasta quién llegarían.

Pero en su interior no había sitio sólo para los anuncios. Por un lado, no éramos los únicos ocupantes de la sala. Nuestras eran las tardes de los miércoles y viernes, las mañanas de los domingos y los sábados en su totalidad, pero el resto del tiempo estaban cedidos a otros grupos de gente. Desconocidos que intercalados sus mensajes entre nuestros anuncios. Nunca me paré a leer las hojas en las que se presentaban sus propuestas o mensajes, pero estaban ahí.

Por otro, y durante un breve lapso de tiempo, también fue el escaparate del aperiódico B(oletín)O(ficial del)C(lub)MO(dor).

En aquella cuartilla cabía un poco de todo, desde los chascarrillos hasta el humor. Desde la crónica de sociedad hasta la poesía chtuloidea. Todo era humor referencial y localismos de aquella sala. Algo que, en mi caso, y tras sus escasos ¿dos? Ejemplares, sigue siendo recordado con cariño décadas después.

Por supuesto, el modelo no era perfecto. Con el tiempo se crearon grupos y subgrupos. Los directores comenzaron a avisar a sus jugadores habituales cuando iban a poner un nuevo cartel, y algunos de aquellos carteles ya se pinchaban con varios nombres escritos en ellos. No todas las aventuras eran anunciadas en aquel lugar, y no todas las que se anunciaban terminaban por jugarse. Aun así, fue un comienzo. Una puerta que se me abrió para conocer y comenzar a interactuar con nueva gente.

Porque, como en aquella aventura de Warhammer, casi siempre había hueco para uno más. Las mesas eran grandes y había sillas de sobra y los directores solían llevaban personajes de más. Los mayores nos abrieron sus mesas, y nosotros se las abrimos a quienes llegaron después.
En aquellos tiempos primigenios en los que, afortunadamente, no nos tomábamos tan en serio la afición, si morías pronto en una partida era posible que aún encontrases hueco en la de la mesa de al lado.

Recuerdo llegar un miércoles al club y encontrarme a encontrar una mesa con diez jugadores y un director desbordado. Sentarme en una mesa cercana y decir en voz alta “si queréis unos cuantos, os puedo dirigir una partida”.
La mitad de los jugadores de aquella mesa se levantó y se vino conmigo para alivio de su director y sus compañeros. Abri mi carpeta eché un vistazo a las fotocopias que había en ella. Tras elegir una de ellas, una aventura de la revista Dungeon. Iba a arbitrar Warhammer, pero la ambientación era un poco lo de menos.
Comenzamos la aventura con un encuentro hostil. Un grupo de orcos acabó con los jugadores diez minutos después de comenzar la aventura, pero tampoco importaba. Sacaron otros personajes y continuamos. Eso sí, me dijeron que mejor dejábamos los encuentros para algún momento posterior.
Y pasamos la tarde salteando las tiradas de dados con frases lapidarias y ocurrencias estúpidas.

Mirándolo un poco en perspectiva, me doy cuenta de que algunos de mis primeros retos personales también llegaron gracias a aquel tablero. Cuando me llegaba un juego que quería dirigir, acudía hasta él y ponía un anuncio de partida para dos semanas después.
De aquella manera me forzaba a leerlo, me obligaba a enfrentarme al miedo, a superar la pereza, a callarle la boca al capullo inseguro y perfeccionista.

Si mi vida rolera es un recorrido a lo largo de mi evolución como ser social, el corcho fue su ignitor, y eso es algo por lo que siempre le estaré agradecido.
No he salido tan mal para ser, al menos parcialmente, el resultado de la interacción humana con un pedazo de alcornoque prensado.

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