De Homero a Kirby

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Daegon, mes XVIII

Regresamos después de una nueva y excesivamente prolongada estancia en el espacio interior.
¿Podríamos haber vuelto antes?
Por supuesto. La entrada en la que terminaba de hablar de las órdenes lleva subido a la web de Daegon desde hace más de medio mes… pero incurrimos en un (uno más) leve error de cálculo. Esto te dices “Bah, el tema de las relaciones internacionales lo termino en un periquete, así que espero y así pongo dos de golpe”.
Y, como de costumbre, no escarmiento. Parece que la cosa se va a extender mucho (tanto como que ocupará más de una entrada).

En fin, como ya descubrí hace mucho, basta con que le dediques un poco de tiempo a cualquier idea para que se surjan semillas a germinar para cualquier cosa en apariencia totalmente intrascendente. Esto puede ir desde aventuras en las que estén involucrados los componente de cualquiera de los miembros de La Orden (incluso con los Pensadores o los Preservadores), hasta que te pongas a escribir sobre reivindicaciones sociales en mundos de fantasía.

Ayer, mientras cenábamos y acaparaba el tema de conversación, unos amigos me preguntaban ¿Cuál es el objetivo final de lo que estás escribiendo? ¿Qué quieres tener cuando termines?

Mi respuesta (una que no les di en su momento), podría remitirse a las palabras que ponía hace tiempo en los labios de uno de los personajes de mis relatos de Ci-Fi:
¿Cuántas historias les quedan por contar a las estrellas?

Vale, la respuesta es una pregunta retórica, pero no deja de ser una respuesta en sí misma. Aún sigo sin tener ni idea, pero seguro que muchas más de las que sería capaz de enumerar en un momento dado.

Resumiendo, quiero que quien se proponga arbitrar una aventura en Daegon tenga todo el material necesario para ambientarla en cualquier rincón remoto de ese universo. En cualquier época y contexto. En cualquier género y sobre cualquier temática.

Algo que traté de expresar cuando reescribí (una vez más) el ¿Qué es Daegon?

Quiero algo inabarcable y nadie me para los pies, así que no terminaré nunca.
Así de loco es todo.

Por favor, que alguien me pare los pies y me pida algo concreto.

Con esto, y como colofón al último mes de exabruptos teclísticos, después de 5.188 palabras y 8 páginas de redundancias, narraciones entrecortadas y anarquía general, terminaba con las órdenes menores (que han pasado de ocupar un triste párrafo a convertirse en la quinta de las órdenes en cuanto a su extensión).

Las órdenes VI

Por supuesto, con ello terminábamos con las órdenes... pero no con La Orden.
Tocó retomar las relaciones internacionales, algo que, como ya comento por ahí arriba, me lo ventilaba en nada.
Cada vez hacen las nadas más largas.

Creo que esto ya lo he puesto en alguna de las entradas anteriores, pero me viene a la cabeza de manera constante y aún así no escarmiento. Cuando terminé con la Cronología y sus 111 páginas me dije “Bah, esto es algo puntual y, hasta cierto punto, tiene un cierto sentido. Comprimir millones de años de historias en palabras (por más imprecisas y parciales e intencionadamente erróneas que sean) tiene que ocupar mucho”.
Pero sólo era eso, algo puntual. Seguro.

Cuando me puse con el siguiente texto “serio”, donde quería escribir sobre la situación general del mundo me di cuenta de que, si quería que aquello fuese algo “resumido”, quien lo leyese iba a necesitar contexto y referencias. Así pues, para poder hacer un resumen y que la información no fuese especialmente redundante con respecto a lo que debía abreviar, debía tener antes algo que resumir.
Tras darle unas cuentas vueltas, decidí empezar por algo que “no iba a ocupar demasiado”; La Orden. Hablar acerca de una organización, obligatoriamente tenía que ocupar menos que hacerlo sobre un país.
Por supuesto, grave error (o igual no, aún no sé la extensión que tendrán los países cuando empiece a hablar sobre ellos).

Otra de las razones por las que opté por ponerme con los textos de La Orden fue que ya tenía una primera versión de hace unos años. Cinco páginas que “como mucho se podrían doblar o triplicar”.
150 páginas y 103.431 palabras después, la confirmación de que el texto de la Cronología no fue algo casual ni puntual cada día está más clara.

Para más inri, al echar la vista atrás para confirmar un dato, vi que había dejado una idea suelta por retomar en uno de los párrafos de los los Formadores. Una idea que, obviamente no me había apuntado que debía retomar antes de subir el texto y se quedó a medias. Sólo era un parrafico de nada, pero la aclaración ocupó más de media página.
Y los que aún quedarán como ese dispersos por todos mis textos.

Como siempre voy sobrado de tiempo para cubrir mis mínimos autoimpuestos, también me dio por hacer un poco de informático loco y no demasiado cabal.
Buscando nuevas maneras en las que avergonzarme a mi mismo, tras escuchar en un poscats de retro que tenían su foro disponible en varios idiomas me dije “Hey, yo también podría hacer eso con mis webs”.
Aquella misma noche ya lo tenía hecho… con erótico resultado.
Ahora, aparte de mis horrores orto-gramáticos, podéis padecer una nueva capa de dolor gracias a la traducción automática de Gügel

Para empezar, "La campaña" lo traduce al inglés como "The bell", interpretando una ñ como si fuese una vulgar n.
Aún así lo dejé porque… masoquismo.

Mientras tanto, (como se puede deducir de lo que pongo unos párrafos más arriba) conseguía otros de esos hitos objetivos a la par que absurdos; alcanzar las 145 páginas de La Orden y llegar con ella hasta las 100.000 palabras.
Viva yo, y tal.

¿Ha servido algo de esto para acallar a mi Capullo interior ™?.
Por supuesto que no.

Cada vez que echo la vista atrás es un “todo mal” constante. Por supuesto, mi manera de trabajar tampoco ayuda.

Con cada nuevo bloqueo en el que me veo sumido en mi afán por “cumplir objetivos” (2800 palabras semanales), echo la mirada hacia adelante en el mismo texto, o me voy hasta otro.
Es más fácil acometer algo nuevo que pulir y corregir lo que ya tienes que pulir. Más aún cuando la tarea de pulir eso se ve lejana.

Las maratones nocturnas del fin de semana a las tantas de la mañana porque he estado procrastinando de mala manera son una constante, y eso el lunes se paga con una bajada en el ritmo de escritura, bloqueos, y palabras de débito que arrastro de nuevo hasta el fin de semana.
Es como el ciclo sin fin del Rey León pero en cutrongo, pero por ahora vale (y supongo que seré capaz de aguantarlo hasta terminar el reto)

De la misma manera, también tengo más claro que esto no deja de ser un borrador. Algo a revisar y pulir “cuando termine”.
Claro, mientras todo esto pasa voy dejando narraciones fragmentadas en otras parte de un texto, o en nuevos documentos, no sólo no sé cuánto abarcará aquello con lo que estoy, sino que tampoco tengo idea del concreto de lo qué pondré a continuación en ninguna de ellas. Por más que la idea general esté en la cabeza, la concreción “real” no llega hasta que lo plasmo a teclazos.

Por otro lado, cuando regreso al texto con el que estaba, ya no mantengo el tren de pensamientos que me había llevado hasta el párrafo que dejé a medias, por lo que estoy convencido que, aparte de las redundancias y la fragmentación, las incoherencias estilísticas (de tener yo tal cosa) van a ser un auténtico dolor.

Así pues, cuando voy al comienzo de un nuevo texto (que dejaré huérfano a la semana siguiente hasta que me de por retomarlo) me pongo ciertamente... difuso en cómo afronto lo que voy escribiendo.
No quiero ser demasiado concreto porque, muy probablemente, ese no sea el lugar en el que tendría que desarrollar las ideas que me van surgiendo.

Sirva como ejemplo lo que pasó esta última semana:
Mientras escribía sobre la relación de un personaje con La Orden, al mismo tiempo que trataba de dar contexto a lo que quería plasmar, me veía tentado a dedicar mucho espacio a hablar sobre su pasado. Y no, ese no era el lugar para hacerlo.
El texto con el que estoy ahora no es el lugar más adecuado para hablar de él en profundidad pero, por otro lado, al no tener el texto “bueno”, tengo miedo de que la cosa quede demasiado vaga y no se entienda.

Luego, vuelvo al texto original, y me pongo a hablar de la lucha obrera en Baern y los huecos legales de los que se aprovechan los terratenientes (y ni siquiera estoy hablando de este país, sino de su relación con La Orden).
Sí, hay una relación, pero no sé si ese es el lugar en el que ponerlo.

Esto hace ya mucho tiempo que se me fue de las manos y, ante la ausencia de comentarios, la verdad es que tampoco es algo me importe demasiado (no me refiero a la lucha obrera, sino al hecho de que se todo esto se me haya ido de las manos).
Así que vamos a ver dónde termina todo esto.

Creo que por hoy ya vale con esto.

Bueno, no, que me dejaba el palabrómetro (que sigue creciendo de manera lenta aunque imparable):

Personajes: 513
Planetas: 12
Países: 140
Lugares : 411
Etnias: 40
Obras: 18
Panteones: 5
Organizaciones: 86
Títulos: 40
Conceptos: 8

Volveremos el mes que viene con la política exterior.

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