De Homero a Kirby

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Daegon, mes XXIII

Se acerca el final del reto actual y el comienzo del nuevo… salvo que el final del primero (o, al menos, de una parte de él) se vuelve a alejar y el inicio del nuevo no tengo intención de cambiarlo. Tiempos interesantes que decía aquel.

Por un lado, el propósito de escribir a diario se ha mantenido. Salvo por dos baches concretos y puntuales en el cumplimiento del cupo de palabras semanales, este segundo objetivo (que no dejaba de ser un añadido al plan inicial) también ha sido satisfecho y superado con creces.
En estos momentos, y cuando aún no he escrito mi cupo diario, me chiva mi hoja de cálculo que llevo 495 páginas pobladas por 301,523 palabras. De ellas más de noventa páginas pertenecen a secciones incompletas que aún no están subidas a la web.

Como no me he candado de repetir, donde he fracasado estrepitosamente ha sido en el objetivo real para el que inicié este reto. Así pues, 25 después sigo sin tener escrito el material mínimo imprescindible como para que alguien que no sea yo pueda crear y dirigir aventuras en Daegon.

¿En qué consiste ese material?
No sé, pregúntamelo mañana si eso.

Lo cierto es que no existe una respuesta para la pregunta, existen millones de ellas. La mía dependerá del día en el que me pilles, el resto… tendrá que pronunciarse aquel que esté interesado en utilizar Daegon. Por favor, que alguien se pronuncie a este respecto.
Lancé la pregunta hace unos años en Caralibro antes de comenzar el reto, pero no obtuve ninguna respuesta. Así pues, sólo cuento con aquellas que me he ido dando según avanzaba.

Durante estos dos años he ido ignorando otra serie de preguntas que me iba haciendo. Miento, no es una serie de preguntas sino una única cuestión que se ha repetido hasta el infinito; el incesante “y todo esto ¿para qué?”. Esta preguntas no es nueva ni exclusivas de Daegon, sino que también me acompañó durante el reto pasado y desde mis inicios en este de juntar letras. Lo que ha hecho que, primero Daegon, después los relatos y por último las distintas iteraciones del blog / página / lo_que_quiera_ser_esto_a_día_de_hoy sea un Guadiana en cuanto a su continuidad.

¿Para qué?
¿Para qué seguir manteniendo una web en la que no se ha producido una interacción en más de dos años?
¿Para qué continuar con un juego por el que nadie, ni siquiera sus jugadores, ha mostrado interés en un cuarto de siglo?
Y no tengo respuestas.
Miento. No tengo respuestas que encuentre reconfortantes.

Es cierto lo que he afirmado en otras ocasiones. Escribo esto para que esté escrito. Para que no esté sólo en mi cabeza. Porque, más allá de la frustración, más allá del desánimo, o mi propia incapacidad, la manera en la que digo aquí las cosas no puede ser encontrada en ningún otro lado.
Porque, simplemente, son materias que me interesan o preocupan. Temas, enfoques e ideas sobre los que tengo una opinión formada, o sobre los que disfruto elaborando teorías mentalmente.

Pero no sólo eso. No es menos cierto que lo escribo para encontrar a gente con la que hablar. Escribo para que lleguen hasta aquí otras personas a las que les también les interesen estos temas. Para hallar a alguien con quien debatir acerca de ellos. En definitiva, escribo para tratar de no sentirme solo.
Escribo todo esto porque tengo problemas que no me gusta admitir (1). Porque no encuentro otra manera de expresar muchos de ellos y, si no los expreso, sólo estaré cimentando una fachada irreal ante los demás que no genera nada bueno.
Como muy bien dijo Dan Harmon en una respuesta en Twitter (2) y transformaban en viñetas en Pictoline (3) hay cosas que tenemos que sacar. Ideas, pensamientos y sensaciones que debemos aceptar que tenemos. Contra las que tenemos que luchar antes de que se nos enquisten y distorsionen nuestra visión de la realidad.
Cuanto más cueste el plasmarlas más necesario es el hacerlo. Hablad, o dibujad, o escribid, o cantad, pero no os lo guardéis. Si nadie lo sabe nadie podrá ayudarte.

La pericia que demuestres a la hora de comunicar estos temas ya es un tema aparte.

Hace poco tiempo me daba cuenta de que me he convertido en una persona incapaz de aceptar un simple cumplido. Mi falta de autoestima y las barreras que he levantado para protegerme, esa imagen de la que hablaba antes, hacen que sea un escéptico cuando alguien dice algo bueno acerca de mi. No sólo no acepto los cumplidos, sino que siempre tengo un comentario listo para ponerlos en duda. Una respuesta que diga algo malo acerca de mi, que haga ver que no me importa ser mediocre en lo que tanto trabajo me ha costado cuando, por supuesto, me importa.

Daegon lleva publicado en Internet desde hace más de veintidós años, mis relatos desde hace catorce. Cuando llegaron las redes sociales los compartí en todas ellas siempre con el mismo resultado, silencio.
He perdido la cuenta de las veces que he mandado Daegon a distintas editoriales de rol, o las veces que he enviado mis relatos a editoriales sin recibir respuesta alguna.
¿Cómo voy a aceptar los cumplidos de mis conocidos cuando está tan claro el nulo interés que despiertan en cualquier otro?

Esa es la respuesta con la que me quedo. No interesa. No interesa porque es malo, no interesa porque está mal escrito. No insisto porque “tienen razón”. Lo releo y todo es malo. Echo la vista atrás y veo que hoy lo escribiría de otra manera. Que hoy lo haría “mejor”. Pero no importa si es cierto o no. No importa porque es la única respuesta que tengo, la mía.

Miento de nuevo. Me miento una vez más. He revisado algunos de mis textos con amigos y, hace unos años, envié otros a un corrector. En ambos casos hicimos cambios y, en ambos casos, al releerlos no estoy contento con el resultado. Existe claramente un nivel en el que el problema no son los textos, el problema soy yo. Aunque, por supuesto, esto no anula la falta de interés externo.

A día de hoy, pensar en mandar alguno de mis relatos a una editorial me parece algo absurdo. Me supone el entrar en un proceso de cosas por hacer del que, una vez termine, sé que no saldré contento. Aún así, soy consciente de que esta es una situación que volverá a repetirse. No es la primera vez que entro en este bucle infinito.

Necesito una visión externa. Alguien que me digo “esto se puede mandar así” para, a continuación, olvidarme de ese texto y no volver a leerlo jamás.
Necesito ayuda pero no quiero pedirla. No quiero pedir a los demás que lean lo que he escrito porque no quiero que lo lean porque se lo pido. Quiero que quien llegue hasta aquí lo haga por su propio pie (o su propia búsqueda en Internet). Quiero que, quien me ayude, se ofrezca porque considera que la labor merece la pena.
No quiero condescendencia, no quiero compasión, no quiero que nadie se sienta incómodo, obligado o me de una respuesta de compromiso.

Me cuesta mucho hacer lo que considero lo correcto. Me cuesta mucho el mantener esta fachada que pertenece a quien me gustaría llegar a ser porque, en el fondo, esta entrada no deja de ser todo lo que acabo de decir que no quiero hacer.

Así pues, cuando termine el presente reto volverán los porqués y, una vez más, volveré al bucle. Dejaré Daegon durante un tiempo. Seguramente durante unos cuantos años.
Cuando lo retome querré volver a hacerlo todo desde cero. Una historia se puede contar de infinitas maneras distintas y, en mi caso, cada día cambia esa manera.

Pero, una y otra vez, vuelvo al punto de partida. No escarmiento y le sigo dando vueltas una y otra vez a las mismas cosas, los mismos temas y los mismos conceptos. Cosas, temas y conceptos que ha quedado más que demostrado que a la gente le interesan.

Y ese es el problema de fondo; escribir lo que creo que puede interesar a ese hipotético “gran público” o seguir escribiendo sobre lo que me interesa.
Y digo problema que no duda, porque no tengo dudas. Si voy a seguir escribiendo será sobre aquello acerca de lo que quiero escribir.

Así pues, la pregunta sigue siendo ¿para qué?

Y, sin importar las razones expuestas antes, una vez más tendré que responderla.

Enlaces:

1. Aprendiendo a ser un impostor
2. Dan Harmon
3. Pictoline

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